Una de las cosas más difíciles de hacer en una expedición de montaña, por lo menos para mí, es rescatar un par de momentos de esos “Pata negra”, de los que se quedan en los higadillos para siempre y de los que poder echar mano en cualquier momento de tu vida porque están ahí, en primera línea de tu memoria.

Difícil digo, porque prácticamente todos los días sucede algo que te emociona de manera especial cuando te embarcas en la ascensión a una de estas montañas.

Pero ahora, mientras desciendo en solitario por el glaciar del Baltoro, tengo todo el tiempo del mundo para estar conmigo mismo, para repasar todo lo vivido en esta expedición sin nadie que, con su conversación, distraiga mis cavilaciones.

Ahí van pues, un par de esos momentazos de oro:

El rescate de Sumiyo nos ha retrasado un par de días en nuestro calendario, así que nos vemos obligados a apremiar el paso si queremos tener alguna opción de intentar ascender el Broad.

Es por eso que, Óscar, Carles, Anna y yo, salimos del C.B. directos al C.III, nada menos que 2400m de desnivel en una sola jornada.

Las horas caen como hojas secas de un haya en Otoño pero, alcanzamos sin problemas el C.II (6200m). Descansamos 4 horas, que aprovechamos para comer y beber lo máximo posible y hacia las 8 de la tarde, continuamos hacia arriba.

Cae la noche. Son las 21:30h cuando Carles decide que no va a continuar y regresa al C.II desde donde, cuando amanezca, continuará hasta el C.B.

Óscar, Anna y yo continuamos ascendiendo. Rondando los 7000m comienza a soplar el viento y la temperatura cae en picado. La pendiente es fortísima en el “Hombro” que da paso al C.III. Las condiciones climatológicas se están poniendo muy duras y comprobamos que no vamos a ser capaces de alcanzar la tienda que tenemos instalada en el C.III

El viento arrecia y nos estamos muriendo de frío. La providencia pone una tienda vacía en nuestro camino a unos 7000m de altitud y nos tiramos dentro con el mismo ansia con la que el náufrago que se agarra a un salvavidas.

Son las 2:45h de la madrugada y estamos los tres prácticamente al límite de nuestra resistencia al frío. La tienda es zarandeada por el gélido viento. Miro el rostro contraído de las dos personas que más tienen que ver conmigo ahora mismo. Imagino que también el mío tiene que ser todo un poema. Encendemos el hornillo, pero esta vez no es para fundir hielo sino, para calentar el aire del interior la tienda de campaña.

Los tres abrazados, hechos un ovillo, nos disponemos a pasar una de las noches más duras y bonitas de mi vida.

Oscar, Anna y Patxi a 7300m

Óscar, Anna y Patxi a 7300 metros.

El otro momento no es tan extremo, y tiene que ver más (si se me permite la licencia) con lo bucólico…con lo sentimental:

Óscar, Anna y yo hemos hecho nuestro intento a la cumbre del Broad. Hemos salido a las 21:30h de nuestra tienda del C.III a 7200m de altitud. Unos 100m  más arriba me topo con Alberto Zerain a quien, amparado en la oscuridad de la noche, no logro reconocer, y con Juanito, con quien hablo unos instantes.

Descienden de un intento a cumbre que ha resultado demoledor por el esfuerzo. Junto con mi querido amigo ecuatoriano Iván Vallejo, han abierto huella hasta el collado a 7850m. El enorme esfuerzo empleado, así como el altísimo riesgo de avalanchas, les hace renunciar a pisar la cumbre.

Juanito me dice que está destrozado y que la zona cercana al Collado es auténtico polvorín.

Nos despedimos. El desciende a su tienda y yo continúo ascendiendo. Anna y Óscar vienen detrás.

Nos juntamos, hablamos y…decidimos que la continuación de nuestro camino es… hacia abajo.

No siento gran frustración porque sé que lo que estamos haciendo es lo correcto. Nos vamos a jugar la vida por una montaña y todavía nos queda un gran momento por vivir.

Desmontamos la tienda del C.III iluminados por nuestras linternas frontales. Las mochilas pesan como si fuesen de mármol.

Rapelamos la fuerte pendiente del Hombro y, cuando esta suaviza, como si fuera producto de algo anteriormente pactado, nos sentamos los tres en la nieve.

La noche es serena. Una luna media dibuja en el horizonte el contorno de las montañas que vigilan el Baltoro. No sopla ni una sola ráfaga de viento.

El cielo está incrustado de miles de millones de estrellas y, a nuestra izquierda, reluce, con su característico polvo estelar, la Vía Láctea.

Apagamos nuestras frontales. No pronunciamos ni una sola palabra. Los tres mirando hacia arriba, envueltos en nuestros monos de pluma.

Sé en ese mismo instante que estoy viviendo uno de los momentos más especiales de mi vida, uno de esos que referiré cuando alguien me pregunte: -¿Cuál es el momento más chulo que recuerdas de tu vida?.

Patxi.

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