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El Manaslu estaba en Samdo

Después de tantos años deambulando por las costillas del planeta, ya debería saber que nunca está todo escrito y que, en cualquier momento, una experiencia inimaginable te está esperando detrás del rincón más insospechado.
En esta ocasión, el Manaslu nos tenía reservada una de esas vivencias que quedan grabadas para siempre en el interior de nuestra cabeza, y lo que es mejor, de nuestros corazones; y paradójicamente, ese momento especial nos lo tenía reservado fuera del dominio de sus glaciares, aristas y fríos campos de altura.
Pero el dominio de una montaña tan enorme es muy amplio, y abarca extensiones inimaginables.
Abandonamos, Barraca y quien esto escribe, el C.B. del Manaslu en una fresca y brumosa mañana, con los tímidos rayos del sol colándose entre un espeso manto de nubes. Los tejados de Samagaum brillan en el fondo del valle, como queriendo llamar nuestra atención pero, de momento, solo tenemos ojos para el acogedor bosque de abedules que nos recibe generoso con sus sombras, y nuestro olfato se colapsa con el aroma a enebro que aquí, lo invade todo.
El descenso es rápido y vertiginoso hasta alcanzar el cruce de caminos que se dirigen hacia Samagaum y a la pequeña aldea de Samdo.
El camino está solitario, apenas transitado por algún lugareño que regresa a “Sama” con su enorme carga de leña sobre su frente (en Nepal se portea sobre la frente) y que nos devuelve cariñoso el típico saludo Nepalí: ¡¡Namasteeeeee!!
Abandonar el delirante caos en el que se ha convertido el C.B. del Manaslu e internarnos en el silencio del camino que se dirige hacia Samdo es absolutamente delicioso.
Dejamos a nuestra derecha el camino que va a Samagaum y nos dirigimos, río arriba, en dirección a la medieval aldea de Samdo, detenida en el tiempo desde hace generaciones.
Caminamos en solitario, apenas coincidimos de vez en cuando con alguno de sus habitantes que dirige su recua de mulas hacia la aldea después de haber porteado con sus mercancías. Manadas de Yaks salpican todo el territorio. Ellos han sido el sustento de estas gentes desde hace generaciones y continúan pastando tranquilos, ajenos al brutal turismo de montaña que recientemente ha invadido sus dominios.
El agua y los verdes pastos es algo de lo que aquí disponen casi por maldición. Caminamos entre las manadas de estos soberbios animales y nos observan con acogedora indiferencia.
Todo es verde a nuestro alrededor, y ríos de aguas azules descienden de las cercanas montañas que separan Nepal del Tibet.
Llegamos a Samdo disfrutando del silencio y la tranquilidad que el Manaslu ya es incapaz de regalarnos, aunque como digo, estos son también sus dominios.
La pequeña aldea disfruta, también como nosotros, del sosiego que proporciona la ausencia de turistas, solo el color de nuestras ropas rompe con la armonía de este lugar anclado en el tiempo.
Nos acogemos en un humilde Lodge y, antes de comer, no adentramos por las estrechas callejuelas del pueblecito.
Sorprendemos a sus escasos habitantes inmersos en sus cotidianas labores: picando piedra, transportando enormes fardos de hierva para sus animales, cepillando madera, cuidando de sus rebaños…todo es armonía en este apartado lugar. El silencio a veces es ensordecedor, roto tan solo por el murmullo incesante del río que discurre por el fondo del valle.
Sin duda este es un lugar para el recuerdo, rodeado de las altas montañas siempre nevadas, de espesos bosques, de ríos, de lagos azul turquesa…después de todo, el Manaslu no se ha portado tan mal con nosotros.

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Yaks pastando

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Lago Turquesa subiendo al Larkia Pass

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Viendo la vida pasar

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Aldea de Samdo

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la humildad de la vivienda aquí es otro concepto

 

 

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Yo no soy tonto

Primero son las personas, luego las montañas. Esta ha sido siempre nuestra máxima en nuestro deambular por las montañas (grandes y pequeñas) que adornan y hacen más agradable nuestro pequeño planeta.

las reflexiones sobre lo vivido recientemente en el Manaslu se agolpan ahora en nuestras cabezas; bullen como un torbellino y necesitamos sacarlas fuera o lesionarán gravemente nuestros cerebros. He aquí una nueva reflexión-liberación del bueno de Barraca, la cual, como no podía ser de otra manera, subscribo al 100%
“Yo no soy tonto” es la FRASE del anuncio de Media Markt para que te lances a por sus productos.

“No somos tontos” Patxi y yo sabíamos lo que nos íbamos a encontrar en el Manaslu : Gente, mucha gente intentando subir y sobretodo un “pelotón” de sherpas dispuesto a abrir un camino para facilitar a sus clientes una “comoda” ascensión.
Nosotros “solo” teníamos que ser pacientes y esperar el momento oportuno para subir a la cumbre una vez hecha la necesaria aclimatación.

Pensábamos que nosotros dos podíamos aislarnos del entorno que nos rodeaba, que seríamos capaces de ir a lo nuestro pasando del resto.
Una vez en el campo base no necesitábamos a nadie para subir, teníamos nuestras tiendas, nuestro material ¡y a lo nuestro!. Por sorprendente que parezca en el grupo que estábamos éramos los únicos que llevábamos tiendas, el resto estaba pendiente de las que ponía la Agencia.

En el Base, con nosotros estaban dos argentinos, tres polacas, un brasileño, un francés, un turco, un taiwanés, una uruguaya, una india, un japonés, y un catalán ( Sergi), aparte de no sé cuántos sherpas, cocineros, ayudantes de cocina y managers.

No tenemos nada contra esta gente, al contrario, pero el ambiente que se respiraba no está hecho para nuestros pulmones, si esta hubiese sido nuestra primera expedición igual hubiese “colado” pero ¡no!. En el único sitio que estábamos cómodos era encerrados en nuestra tienda dormitorio. Eso no es ir de expedición.

Este grupo era uno de los muchísimos barrios de la ciudad del campo base, 400 personas entre sherpas y clientes. Tiendas con luces de colores como si fuese Navidad, generadores, tiendas para cargar baterías…Una ciudad al pie de una montaña preciosa, elegante, con una ruta normal poco exigente a nivel alpinístico, ideal para ir de expedición con los amigos, como antes se hacía…Ahora solo se puede ir por esta ruta fuera de temporada.

Patxi y yo nos íbamos cargando de esta atmósfera irrespirable sin decirnos nada, sin hablar de ello, cada uno lo aguantaba como podía. Me dolía decirle a Patxi lo que pensaba. ¿Seré yo un “raro” de cojones?. ¿Puede ser que todo el mundo esté cómodo envuelto en esta nube tóxica menos yo?. ¿Cómo puede ser posible que esta colección de “fenómenos” (no me refiero a nuestro grupo) pretenden subir a la cumbre?

¡Pues resulta que si! muchos harán la cumbre del Manaslu y podrán exhibir el trofeo porque para ellos y para casi todos (incluida toda la prensa, hay pequeñísimas excepciones) les importa un carajo la manera como lo han ascendido.

La cuerda fija empieza a pocos metros del campo base, kilómetros de cuerda. Hasta el C-I no hay ningún lugar en que haga falta una puñetera cuerda. Ver una hilera de gente con el mosquetón pasado a la cuerda en este trayecto es como ver a los niños de parvulario cuando los sacan a pasear por el parque.

Un espectáculo teatral-surrealista de calidad si realmente fuese una broma, pero ¡No! resulta que se lo creen.

Con Patxi nos conocimos el 2015 en el Broad Peak, estábamos con Carles, Óscar, Anna y otra gente de diferentes nacionalidades, lo que vivimos allí no tiene nada, pero nada que ver. Era un oasis comparado con el Manaslu, la gente que subía tenía unos conocimientos de andar por el monte que no se hacían insoportables.

No me quejo de la gente, me jode la frivolidad con que determinadas personas se atreven a meterse en una montaña. Les han vendido un “boleto” en el que todo es posible, aunque no sepas ir con Crampones, que te cueste andar, ¡no importa!: El oxígeno y los sherpas te lo solucionaran, aunque sea a empujones. No tienen ni vergüenza ni son conscientes de lo que hacen. Las cosas son lo que son y no lo que tú crees que son.

Hemos visto una buena colección de “alpinistas” circulando por el glaciar que te daban ganas de reír por no llorar. Es como si Patxi y yo nos pusiésemos a hacer ballet clásico con o sin katiuskas, estando convencidos que no desentonábamos, que encajábamos perfectamente en el escenario.

Bastantes deben subir pensando que el decorado que les envuelve es de cartón piedra, que hay técnicos que lo vigilan. Que lo suben y bajan en función de las necesidades de cada momento y que ellos son unos actores que se pasean por allí, sin ningún riesgo. La compañía se hace cargo de todo: les dicen que botas hay que ponerse, que vestido usar. Los alimentan, los oxigenan y los aplauden y ellos solo tienen que PAGAR.

Los esfuerzos de “aislamiento” que practicábamos por separado se rompieron en pedazos en el campo I. El desenlace no podía ser otro.

Barraca

Parte del C.I.

Parte del C.I

La mujer del abrigo

La mujer del abrigo

Patxi y Barraca en el C.I

Patxi y Barraca en el C.I

Patxi saca la cabeza de la tienda del C.I.:

– Qué tal barraca?

– Biennnnn¡¡¡….oye, has visto un imbécil con la cara tapada y los esquís a la espalda??

Patxi hace unos gestos que no entiendo y continúo el discurso…

– A media hora de aquí…

Estaba sentado sobre mi mochila contemplando el panorama, cuando el de los esquís llega a mi altura, se pone a dar gritos de dolor, como si se tratara de un ataque de ansiedad, cardíaco o de caspa… qué sé yo¡¡¡ pero me acojoné, pensé que le estaba dando un patatús, y de pronto… se pone a reír como un energúmeno¡¡

Lo mando a tomar por el culo.

– Barraca… calla, es un argentino de aquella tienda de enfrente…

El pueblo del C.I. tiene calles con chalets adosados y, por si fuera poco, justo a nuestro lado un potente equipo de albañiles construye una tienda más grande que la que tenemos en el comedor del campo base. Es para meter a una colección de chinos que van subiendo chino-chano.

Entre el C.I. y el C.II. durante todo el día ha habido mogollón de gente que no se sabe si suben o bajan, un atolladero brutal. He visto caer un pequeño alud que se ha quedado a unos metros de un grupo que estaba parado, ni se han inmutado, se ve que estaban cómodos.

El argentino esquiador sale de la tienda, pone un seguro en la nieve, se ata una cuerda de unos 40 metros y baja esquiando lo que le da la cuerda, por una pendiente como para principiantes. Lleva una pala y se pone a cavar durante una hora. Durante este tiempo con Patxi damos unas vueltas por el pueblo.

Creemos que lo que hace el argentino es preparar a gusto su sepultura.

Llega una china con un abrigo¡… otras se pasean con “descansos” como si estuvieran en una estación de esquí argentina.

Un guía chino se cabrea con otro y le da una patada en el pecho con los crampones puestos. Hoy nos hemos enterado que lo han evacuado del .CB. en helicóptero.

Hay algunos que hacen ejercicios gimnásticos, otros que gritan…

Entramos en nuestra tienda y cuando Patxi está fundiendo nieve le suelto:

– Patxi, hermanito, hay que tener muchísimas ganas de hacer la cumbre del Manaslu en estas condiciones. Todos los que estamos aquí, lo único que nos interesa es la cumbre, porque esto no es hacer montaña, es hacer el gilipollas, yo no tengo ganas de subir…

Patxi se queda pensativo, se rasca la barba y me mira con ojos de yack enjaulado, remueve la nieve que se está derritiendo…

– Oye Barraca, y si lo mandamos todo a tomar por el culo y nos largamos de trekking?

 

 

 

 

Estoy en el C.B. oyendo una buena selección de canciones de Sabina. Son las 4 de la tarde y enormes cumulo-limbos ascienden empujados por las corrientes térmicas desde el fondo del valle de Sama. Sus dimensiones son enormes, de varios kilómetros de altitud y han acabado por ocultar las montañas circundantes…pero al Manaslu no, la gran montaña se mantiene despejada.

Sus glaciares destellan incansables en mil y un reflejos que, en estas horas vespertinas, iluminan el Campo Base con unas tonalidades difíciles de explicar…Porque aquí todo se ha vuelto inexplicable:
Por qué una persona (más bien cientos) es capaz de pagar 22000 € para que un porteador sherpa le arrastre montaña arriba, a él y a sus enseres, con el único propósito de conseguir una foto de la cumbre???

Estoy seguro que quienes hacen esto, sufren como todos, de la dureza de una montaña tan dura y exigente como ésta pero, eso…que no logro entenderlo.

Sabíamos de la masificación que atesta en los últimos años a esta solitaria montaña del Nepal, y aun así, aceptamos el reto.

“No será para tanto”, intentábamos autoconvencernos Barraca y quien esto escribe y, a pesar del gran impacto que supuso arribar a este Campo Base, hicimos de tripas corazón y continuamos con la inicial idea de ascender a este morlaco del Himalaya Nepalí.

Jamás creí que mis ojos llegaran a ver el espectáculo que teníamos reservado:

Llegamos al C.I (5800m) al punto de la mañana (somos de los pocos a los que todavía gusta madrugar) y un tapiz multicolor inunda la planicie que corona el pequeño pico sobre el que se coloca el C.I.
A eso de la media tarde comienza el gran espectáculo del Manaslu:
Interminables riadas de sherpas, acompañando a sus clientes, comienzan a llegar y a ocupar los escasos huecos que todavía quedan entre tienda y tienda.

Los sherpas, ya no son porteadores de altura, son auténticas mulas de carga. De los costados de sus enormes mochilas asoman, sin ningún rubor, bombonas de oxígeno, tiendas de campaña enrolladas y colchones cuyo grosor se me antoja de una obscenidad alarmante. Todo es poco para conseguir la total comodidad de quien ha pagado para ello.
Sin saber muy bien cómo, cientos (y cuando digo cientos, me refiero a cientos) de personas atestan este campamento de altura del Manaslu.

A Barraca y a quien esto escribe, se nos empiezan a calentar los cascos. No hay manera de inhibirse de semejante atentado al buen gusto.

El gran problema que altera nuestro ánimo, no es tanto la masificación, que también, cuanto la actitud de nuestros vecinos.
Se han trasladado las comodidades, y lo que es peor, la mentalidad de las ciudades a estos, otrora aislados y solitarios, rincones del Himalaya.
Se han formado calles (seguro que alguna ya tendrá nombre a estas alturas) en la nieve, que separan los diferentes “barrios” de esta mini-ciudad de altura. Incluso hay barrios reservados desde comienzos de septiembre. No es broma. Se han establecido cercados de cuerdas y cañas de Bambú para que nadie coloque allí su tienda.
Han plantado al lado de nuestra pequeña tienda, otra de enormes dimensiones que casi deja en ridículo a las grandes tiendas comedor de C.B.
Escenas a cual más surrealista se van sucediendo ante nuestros atónitos ojos. Se podría decir, sin ningún miedo a errar, que estamos fuera de juego.

A las cuatro de la tarde, cuando el Sol comienza su diario viaje hacia el ocaso, un enorme bulto en movimiento llama poderosamente mi atención:
Un sherpa, con su sobredimensionada carga a la espalda, empuja en su lento avance a su clienta que, vestida de ciudad, apenas tiene reservas para poder llegar a la seguridad de su tienda, previamente instalada.
Su atuendo no puede ser más apropiado: un abrigo tres-cuartos, como el que pueda vestir cualquier señora del mundo en cualquier ciudad del mundo. Eso sí, con la capucha perfectamente calada. No todo iba a ser tan delirante.

No estamos hechos para esto.

Miro hacia la ruta que discurre entre los Campos I y II y la desmoralización ya es completa. Durante todo el día se ve una interminable fila de personas que, bien suben o bien bajan, pero que nadie avanza puesto que, todo cristo pende de la misma cuerda y nadie está dispuesto a abandonar esa línea previamente trazada.

No soy nadie para decidir quién debe y quién no venir a estos lugares, faltaría más. Pero sí puedo decidir, si deseo o no, continuar aquí, formando parte de un espectáculo para el que ya no tengo estómago para digerir…así que nos vamos.
Lo hemos hablado Barraca y quien esto escribe en la imposible intimidad de nuestra tienda del C.I.
Nos vamos del Manaslu.

No escribo estas líneas con la intención de ganarme comentarios de apoyo entre los posibles lectores de estas líneas. Escribo esto, y actuamos de esta manera (Barraca y yo) porque somos libres de hacerlo.
Este sigue siendo uno de los lugares más bellos que jamás haya visto en mi vida pero, nunca me ha valido una cumbre a cualquier precio…¡nunca!
Respeto a todo aquel que se enfrenta a las interminables rampas de nieve que custodian a esta montaña pero nunca me ha gustado la suciedad en la montaña, y ahora, en este otoño del 2018, el Manaslu es una montaña sucia, un vertedero de ambiciones sin medida. ¡Qué pena!

Sé (me consta) que hay gente estupenda que han venido hasta aquí con la esperanza de cumplir su sueño de altura, y es loable. Pero mis sueños de altura siempre viajan de la mano de un sentido ético que me ha formado como alpinista y como persona.
Me voy…nos vamos del Manaslu, tristes con lo aquí visto y vivido, pero sabiendo que es la mejor decisión que podíamos tomar y estamos satisfechos por ello.
Nunca abandonar una montaña nos resultó tan fácil.

Barraca no ha leído todavía estas líneas. Por supuesto, tiene la libertad, si así lo desea, de dejar escrita su versión en este mi humilde Blog.
Temblando estoy.

VICISITUDES…

Patxicu…. te vamos a llamar Vicisitudes Goñi Lobera…

No vas y rompes el tf satélite¡¡¡¡ en fin….

Más vale que la montaña te ofrece soluciones y tienes contigo a Sergi Mingote, un crac de los ocho miles…. A través de él, y de su mujer Miriam, seguiremos manteniendo línea abierta contigo.

Hemos contactado y nos confirma que ya pasan noche en el Campo I, están todos perfectamente y contentos.

Esperamos crónica¡¡¡

INSTALADO EL C I

El tiempo (climatológico) no se puede decir que nos esté ayudando de especial manera, es más, mientras escribo estas líneas, la lluvia y la nieve, golpean de manera incesante el todo de mi tienda de C.B.
Pero, a pesar de ello, Barraca y yo, hemos exprimido el día de la mejor manera posible y, tras un considerable esfuerzo, hemos alcanzado el emplazamiento del C.I. y ya tenemos instalada nuestra tienda a 5800m de altitud.
Tras plantar la tienda y recuperar un poco el aliento, nos hemos lanzado en picado hacia el C.B. al que hemos llegado envueltos en una pertinaz llovizna que nos ha dejado calados y con el único ánimo de meternos en nuestro cálido y reconfortante saco de plumas, desde ahora escribo estas líneas.
Si el clima mejora, mañana saldremos de nuevo hacia arriba con la intención de pasar 2 ó 3 días y dejar instalado algún otro campo de altura y acomodar nuestro organismo a las inevitables exigencias que la altitud siempre nos reclama.

Tenía ya preparada, lista para enviar, una crónica sobre los días de marcha remontando las selvas que lo cubren todo, desde la pequeña ciudad de Beshisahar hasta más allá de la verde pradera de Bhimtang.

Hablaba, o lo intentaba, sobre un lugar mágico, de una belleza que acaba por inundarte de tal manera que las palabras no son sino un impedimento a la hora de expresar la avalancha de sensaciones que entran por algún extraño conducto, al margen del puramente visual.

Pero todo quedó eclipsado el día 12 hacia el medio día por uno de esos acontecimientos especiales, intensos…, uno de esos momentos que solo pueden vivirse en lugares como este:

La jornada se presenta exigente. Tenemos que pasar del campamento de Bhimtang (3700m) hasta la preciosa aldea de Shamdo (3800m) salvando el collado de Larkia que corona a 5106m de altitud.
La mañana es húmeda y brumosa, después de una noche de intensa y pertinaz lluvia. El sol permanece oculto durante toda la ascensión al altivo collado, lo cual es de agradecer.
Poco antes de alcanzar el paso, el viento comienza a azotarnos y unos finos copos de nieve hacen acto de presencia, como intuyendo el acontecimiento que está a punto de suceder.
Llego al cartelón que indica el nombre y altitud del collado, adornado por las omnipresentes banderas de oraciones Budistas…y llega el bueno de Barraca.
Trae consigo una bolsita que contiene las cenizas de Mikel, un buen amigo suyo fallecido hace escasas fechas.
Parte de ellas ya han sido esparcidas por diferentes puntos de nuestro querido Pirineo y ahora es el Himalaya quien guardará el recuerdo de un buen amigo.

Saco la cámara y filmo la escena. La emoción acude a los dedos de Barraca que apenas es capaz de abrir la pequeña bolsita. El viento arrecia y los copos de nieve azotan nuestros rostros. Veo como las lágrimas humedecen los ojos de Barraca y a mí se coloca un enorme nudo en la garganta.
Las cenizas vuelan con fuerza desde el alto collado empujadas por un viento que, estoy seguro, sabía de nuestra presencia e intenciones.

El amable rostro de mi hermano Ángel destella de repente en mi cabeza. Lo traigo también conmigo para que conozca estos lugares tan especiales que yo ahora le regalo.

Iniciamos el largo descenso hacia Shamdo en silencio, con la cabeza gacha, protegiéndonos del viento y la nieve, saboreando un momento que siempre recordaremos.

 

Barraca lazando las cenizas en el Larkia Pass

Barraca lanzando las cenizas de su querido amigo Mikel.

NOTICIAS PASADAS POR AGUA….

Suena el tf satélite…¡¡¡

Llueve y llueve, el monzón no termina de alejarse y hace un tiempo de perros (dice Patxi literalmente) no han podido sacar el ordenador ni cargar los teléfonos en toda la marcha de aproximación.

Se encuentran en la aldea de Sama, cerca del Collado Larkia , ….a ver si mañana  pueden llegar al Campo Base, ya a 4900 metros.

Están perfectamente y transmite mucha alegría. Además de muy bien acompañados: tres alpinistas polacas… un turco… dos argentinos y otro catalán¡¡¡ vaya cuadrilla… jeje.

Recuerdos a todos y en especial a su familia.

EN CAMINO…

Siete horas de bus por puertos de montaña interminables hasta llegar a Besi Sahar.

Todo el monte está tapizado por un manto de lujuriosa vegetación. El monzón continúa dando sus últimos zarpazos y las abundantes lluvias hacen brillar, de manera especial, los extensos bosques de esta zona baja del Himalaya. Todo, hasta donde alcanza la vista, es un inmenso océano verde que, incapaz ya de absorber el agua de las lluvias monzónicas, nos asalta a cada paso con infinidad de ríos que se precipitan imparables desde las laderas boscosas, cortando aquí y allá la lamentable carretera por la que transitamos.

BESI SAHAR

Manaslu (Otoño 2018)

…no era necesario salir fuera para coger la nieve con la que conseguir una revitalizante taza de té. El viento había ganado la batalla contra la resistencia de la tienda y, tras desgarrarla con sus continuos zarpazos, la nieve se colaba dentro en sucesivas oleadas formando un montón junto a mis pies, en el lado derecho.
El Manaslu es como un pararrayos y había conseguido detener al monstruo, que rugía con furia. Los relámpagos iluminaban kilómetros cuadrados de territorio en la oscura noche. Los truenos hacían que todo se estremeciera a nuestro alrededor, y el viento, infatigable, sacudía sin piedad nuestra tienda, haciendo que el ensordecedor ruido de las telas al ser batidas por éste, nos resultara imposible oírnos a nosotros mismos en el interior de nuestro delicado refugio.
No tenía mas que incorporarme sin salir del saco para recoger la nieve y deshacerla en el hornillo que, funcionando infatigable, nos mantenía calientes, aun cuando los sacos estaban cubiertos de escarcha y rígidos como el cartón.
A mi lado, compartiendo conmigo unos momentos tan difíciles, un auténtico superviviente, un especialista en salir indemne de los vivacs más duros que se han dado en las extremas altitudes del Himalaya: nada menos que Oscar Cadiach.
La situación no era dramática pero, empezaba a ser más que preocupante. Llevábamos dos días con sus largas noches bloqueados a 7500m en el C.IV del Manaslu, en ese collado auténticamente desolador, formado por una enorme extensión de hielo fósil, azul como el color del cielo, y barrido incesantemente por el viento.
Habían transcurrido 30 días desde nuestra llegada al Manaslu y tan solo uno de ellos nos obsequió con la ausencia de la inevitable nevada diaria . La montaña estaba cubierta con casi 2 metros de nieve fresca, productos de las últimas y copiosas nevadas.
La cumbre ya había desaparecido de nuestro horizonte interior. Ni siquiera formaba parte ya de nuestro planteamiento. La única prioridad era salir indemnes de allí y que la montaña no se nos viniera encima durante las interminables horas de descenso hasta el Campo Base.
Esta, y muchas otras cosas, ocurrieron en la primavera del 2010 en esa preciosa y solitaria montaña, situada muy cerca de la frontera de Nepal y El Tibet.
Esa fue mi última visita Nepal, así que, ya ha llegado el momento de volver a ese precioso país que tan hondo se mete dentro de quienes lo hemos frecuentado; y el destino, o quien quiera que decida estas cosas, ha dictado que sea nuevamente el Manaslu el objetivo de nuestros próximos pasos por el Himalaya.
En esta ocasión seremos una cordada básica, elemental…tan solo dos miembros: Jordi Bosch “Barraca” y quien esto escribe.
Allá vamos Manaslu…resérvanos un buen día.

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C.I del Manaslu tras la nevada diaria (Primavera 2010)