Tag Archive: patxi goñi


¡Qué deprisa pasa todo!. Me detengo a pensar un corto instante, y todavía puedo sentir la respiración agitada mientras abro huella en las fuertes pendientes de nieve recién caída camino del C.II del Manaslu. Pues sí, aunque parezca mentira, eso sucedió hace casi 1 año, y si no fuera porque este año es altamente improbable que pueda salir de expedición, ahora mismo estaría de nuevo inmerso en la preparación de otra aventura por el Himalaya.

En este momento, es el Pirineo la cordillera en la que realizo toda mi actividad alpinística, y es más que probable que, durante la Primavera y Verano, realice alguna escapada a los Alpes pero, para quienes hemos sentido en nuestras propias carnes el mordisco del Himalaya (cuando digo Himalaya me estoy refiriendo a todas las grandes cordilleras del planeta) resulta ardua, y sobre toda larga, la tarea de pasar todo un año sin visitar estos grandiosos espacios de naturaleza salvaje.

Aun así, sé perfectamente que disfrutaré como un crío de mis escaladas en nuestras cercanas montañas, de hecho, el Pirineo hace meses que se deshizo de su calidez otoñal y pugna en severidad invernal con codilleras de más renombre y envergadura. Se también, que cuando visite de nuevo la preciosa cordillera de los Alpes, me quedaré boquiabierto (como siempre) intentando comprender cómo es posible que exista una cordillera semejante tan cerca de casa.

Queda claro entonces que, aunque salvando las grandes diferencias geográficas, y sobre todo geológicas, tengo una buena alternativa para seguir escalando magníficas montañas.

Para lo que no tengo alternativa posible, y esto si que me entristece profundamente, es para esa sensación única e insustituible que significa convivir con ese pueblo montaraz (apunto pueblo en singular porque es el mismo en todos países del mundo) que habita bajo las montañas, y capaz de hacer que todos tus esquemas y prejuicios salten por los aires.

A continuación os dejo unas fotografías de algunas de mis ascensiones Pirenaicas realizadas durante este Invierno. La mayoría de ellas son ascensiones a picos que en Invierno permanecen aislados, sumergidos en una penumbra que acrecienta aun más su carácter Invernal. Bien a pie o bien con esquís, son ascensiones realizadas con diferentes amigos con quienes comparto una auténtica pasión por nuestra cordillera Pireanica, sin duda alguna, la cordillera más especial del mundo. También os dejo el enlace de un vídeo que filmé de las gentes que habitan en los valles bajo el Kangchenjunga pero que, como os he dicho anteriormente, podrían ser perfectamente Quechuas o Aimaras, Kirguises o Tadyicos, Baltís o Unzas, Sherpas o Gurungs… son pueblos montaraces, duros, amables y hospitalarios. Ellos son los verdaderos conquistadores de las montañas.

Arista Noreste de la Llena del Bozo-

Arista Noreste de la Llena del Bozo

Ascendiendo sobre el Valle del Aspe

Ascensión al Benouse con esquís

Asegurando sobre nieve dura

Comienza a nevar en el Benouse

Comienza el descenso desde el Espelunciecha

Corredor Noroeste del Arrious

Descediendo hacia la Canal Roya

Descenso del Benouse en nieve polvo

Descenso en esquís del Arroyetas

Ascendiendo al Aspe por la Chorrota

En la arista somital del Lurien

Entrada al valle de los Sarrios

Es difícil encontrar el Sol en las Norte

   

Escalando la arista Noreste de la Llena del Bozo

Felipe, Txasu y la Llena de la Garganta

Fernando en la cumbre del Lurien

Fuerte pendiente en la arista Noreste de la Llena del Bozo

Impresionante el Puntal de la Bata en Invierno

Javi y Patxi en la Tuca

      

Patxi en "La Trinchera"

Colocando las Focas

Patxi en el Arrious

Ruta del Pico Lurien

Rapel de Fernando en el pico Arrious

Terreno complicado en el Benouse

Primer largo de la arista Noreste de la Llena del Bozo

Txasu en el corredor sur de la Llena del Bozo

    

Desde donde está Patxi iniciamos el descenso en esquís

Fernando llegando a la cima de la Cúspide del Secús

Patxi en pleno descenso de la Cúspide del Secús

Ruta Cúspide del Secús

Ascendiendo sobre el Ibón de Estanés

 

Atravesando el Ibón de Estanés

                                                                                                                                               

Anuncios

No solo escalar es alpinismo

Llevo ya 2 días en Katmandú y parece como si hubiera pasado una eternidad. Pero aun así, hay cosas que todavía están demasiado tiernas en mi memoria como para creer que hace tiempo que sucedieron.

Durante esta expedición he visto la muerte a mi paso y eso es algo que a casi nadie deja indiferente. Se que en otras montañas, durante esta Primavera aciaga, también a aparecido la guadaña segando vidas de jóvenes montañeros: Dhaulagiri, Anapurna, el propio Manaslu…son nombres de montañas que serán tristemente recordadas por familiares y amigos de quines allí se quedaron.

Una situación especialmente cruel allí arriba, donde todo adquiere una dimensión difícilmente explicable, un error de cálculo, un exceso de confianza, o tal vez, un exceso de ignorancia, son capaces de hacer que pierdas en un segundo, todo aquello por lo que has venido a luchar, aquello por lo que has venido a soñar.

En los ambientes alpinísticos de Katmandú, gusta mucho recrearse sobre estas situaciones y casi todo el mundo habla sin cesar de esta o de aquella montaña, de aquella y la otra ruta…de éste o aquel montañero fallecido. Yo, por mi parte, huyo como de la mala nube de estos corrillos en los que todo “quisqui” parece saber que es lo que ocurrió y que es lo que él hubiera hecho en semejante situación.

Prefiero descansar, pasear por Thamel, parar en cualquier bar y aferrarme con ansia a una buena cerveza. Y mientras paseo, no tarda en venir a mi cabeza, alguno de esos momentos absolutamente mágicos que acabo vivir en uno de los rincones más especiales que jamás he visto:

Estamos en la aldea de Sama después de un largo descenso desde el C.B. del Manaslu. Carlos Soria es quien más disfruta de esta primitiva aldea pues, no en vano, arribó aquí en su primera expedición allá por 1973.

Veo en su mirada esa luz especial de quien se encuentra, a cada paso, con lugares que quedaron impregnados en su alma hace 37 años. Sama es un lugar que engancha, de eso no cave ninguna duda. Yo mismo paseo una y otra vez por sus intrincadas callejuelas intentando absorber todo lo que este lugar desprende pero, es imposible. Haría falta muchos días de convivencia con esta gente para comprender un poquito su esencia, su manera de vivir, o sería mejor decir…de sobrevivir. Sonam, el todopoderoso dueño de la agencia Thamsherku, dice que sus habitantes son duros como Yaks.

Subimos de nuevo la polvorienta cuesta que lleva hasta el monasterio. En nuestra primera visita, no pudimos estar con el Lama que recibió a Carlos en aquel lejano Otoño, es más, ni siquiera tenemos la seguridad de que exista.

Un joven Lama se nos acerca, se identifica como su hijo, y nos comunica que su padre espera con gran ilusión la visita de Carlos. Los pequeños y vivaces ojillos de Carlos (él dice que son como dos puñaladas en un tomate) echan chispas. En esta ocasión no vamos al monasterio, sino a su capilla personal. El habitáculo está forrado en su totalidad de pinturas de divinidades Budistas y por doquier cuelgan pañuelos multicolor. Un altar central preside la estancia y sobre el suelo, hay varios tapices en donde se sientan a rezar él y sus ayudantes. Varias vitrinas contienen una gran cantidad de rectangulares paquetes que, en bellos envoltorios, contienen sagrados textos en legua Tibetana.

La reunión del Lama Lopen (que así se llama) y Carlos, es tremendamente emotiva. Inmediatamente se reconocen y se abrazan en una mezcla de admiración y respeto. Dawa, el Sirdar de la expedición, viene con nosotros y hace de intérprete.

Por si hubiera alguna duda de que recuerda a Carlos, el Lama desaparece de la capilla y regresa al cavo de unos pocos segundos portando una fotografía entre las manos. Llega riéndose con una risa que no tarda en contagiarnos a todos. Cuando la foto llega a mis manos no me lo puedo creer: una quincena de alpinistas posan ante la cámara. La fotografía es en blanco y negro y la vestimenta de quienes allí aparecen no deja lugar a dudas de que hace varias décadas que fue sacada. En su esquina inferior izquierda, agachado, un jovencísimo Carlos Soria mira a la cámara con idéntica mirada vivaz a la que hoy le he visto.

Es difícil adivinar las emociones que pasan por la cabeza de un Lama Budista, pero Carlos…Carlos está exultante y nos traspasa a todos esa ilusión tan grande que desprende. No me cuesta mucho trabajo imaginar lo que tiene que sentir en estos momentos. 35 años después se encuentra en una aldea que en nada ha cambiado; y con un lama que ya cuenta con 84 años. Carlos se me acerca mientras descendemos del monasterio, y suavemente, como cuenta él las cosas, me dice: esto también es alpinismo. La vida, en pocas ocasiones permite un reencuentro tan emotivo y bello como el que ahora, paseando por las intrincadas calles de Thamel, viene a mi memoria.

Entro en la librería Pilgrims y voy directamente a comprar un mapa de la zona del Manaslu. Me siento en un rincón y repaso los lugares por los que he pasado…por los que he vivido.

Lo cierto es que la vuelta que le hemos dado al mapa es espectacular: ascendimos desde Arughat Bazar por las interminables foces abiertas por el Budhi Gandaki. Llegados a Bihi, giramos al Oeste paralelos a la cercana frontera del Tibet, hasta llegar a nuestra ya adorada aldea de Sama.

A partir de aquí, creo que ya os he contado demasiadas miserias: un mes de difícil convivencia con una montaña que nos ha maltratado especialmente. Treinta días del los que, en 28 de ellos nevó con inusitada virulencia. Está claro que esta montaña concede pocas oportunidades pero, es en montañas como esta en donde uno aprende a ser montañero, dado que se tenga la capacidad suficiente como para aprender.

La marcha de retorno la hacemos desde Sama, remontando un precioso y verde valle hacia el Tibet. Recuerdo el paso por el Larke Bhanjyang (5106m), largo y desolado, frío y cargado de nieve después de la fuerte nevada nocturna. El descenso desde Bimtang por un bosque encantado, poblado de gigantescas coníferas y Rododendros en flor. Dos mil metros de desnivel descendidos hasta dar con la cabecera del Marsyanjdy, el embravecido río que nos ha dejado a las puestas de una civilización que ya comienza a presionarme la garganta.

Soy consciente de que leyendo estas líneas, y las que he ido escribiendo a lo lardo de esta expedición, pueda dar la sensación de que a lugares como este solo se viene a sufrir. Por supuesto que, nada más lejos de la realidad. El sufrimiento, como no, forma parte de nuestra manera de entender la vida, de valorar las cosas que realmente nos interesan y nos hacen tener una clara referencia de nuestro lugar en este mundo. Nadie dijo que ascender a las montañas fuese tarea sencilla. Nadie dijo que este deporte, o lo que quiera que sea, estuviera exento de malos ratos y de peligro pero, como muy bien dice Carlos: Todo esto también es alpinismo.

Me encantaría, transcurridos 20 ó 30 años, tener un poquito de la ilusión que este pequeño gran hombre exhala en cada bocanada de aire que toma, mientras asciende por montañas que, lo único que hacen es engrandecer su pequeña figura.

Reencuentro del Lama Lopen y Carlos

Una foto para el recuerdo con el Lama de Sama Gompa

 

Muchas veces, y algunas de ellas no sin razón, se nos ha tachado a los alpinistas de egoístas, que ponemos nuestras propias ambiciones y deseos por encima de los demás… por encima de cualquier otra cosa.

Diré en mi descargo que, si no pones cuanto tienes, es casi imposible colocar los pies en la cumbre de una de estas montañas que con tanta altanería e inmutabilidad te miran desde allá arriba, desde donde todo parece nacer.

Después de 5 días de alpinismo del que a unos pocos nos gusta practicar (quien se sienta aludido que tome velas), me hayo escribiendo estas líneas en el interior de mi tienda de campaña del C.B.

Acabo de vivir 3 días de los que pondrían los pelos de punta a cualquiera de ésos que salen de machitos en los medios de comunicación, y seguro que cualquier director de cine rechazaría el guión por exagerado. Nunca en mi vida había paleado tanto. Ni cuando curraba de machaca de albañil,  hace algunos años ya.

Como creo que ya os lo he comentado en alguna ocasión, las nevadas son aquí diarias y los campos de altura desaparecen contínuamente bajo espesos mantos de nieve. Ahora mismo, mientras escribo estas líneas, todos los campos de altura que tenemos en el Manaslu están sepultados en la nieve y, quien sabe si se podrán volver a utilizar. Pero no es de nevadas de lo que os quiero hablar.

No espero a nadie, no es mi estilo así que, en cuanto estoy preparado, salgo del C.I. Solo a Tente llevo delante mío, abriendo penosamente huella después de la nevada nocturna. Nos vamos relevando en la fortísima pared glaciar hasta alcanzar el C.II.

Descansamos un poco, desenterramos las tiendas y elevamos este campo hasta la base una gran barrera de Sheraks a 6800 m de altitud.

Ha sido una jornada my dura, tanto por el peso (no me atrevo a dar cifras), como por el desnivel (1200m). Llegados aquí, ya comienzo a sentir las sensaciones tan especiales de la alta montaña del Himalaya.

Amanece despejado y salgo de mi tienda. Hace frío y visto mi mono de pluma. La pendiente es muy fuerte y, como casi siempre, abro huella junto con Tente y Oscar cadiach.

Llegamos a la zona de Sheraks y los Sherpas, de quien los tiene en nómina, colocan varios cientos de metros de cuerda en la pared de hielo. Me lo paso genial echándoles una mano en esta dura pero preciosa tarea. Lenta pero contundentemente, vamos ganando altura a la vez que el tiempo va cambiando inexorablemente.

Alcanzamos lo que creemos que es el collado, pues no se ve prácticamente nada, hasta que casi sin darnos cuenta, nos hemos metido en medio de la ventisca.

Con la cabeza agachada, como admitiendo nuestra nimiedad en el contexto de la alta montaña, seguimos soportando el envite de la nieve racheada y de los fuertes vientos.

Al alcanzar los 7500 m y como por arte de magia, la nieve desaparece, y en su lugar aparece un inmenso campo de hielo azul y duro como nunca había visto en estas montañas.

Avanzamos ahora golpeando fuertemente el suelo con nuestros crampones, en los que ponemos todos los sentidos de los que podemos disponer, que aquí son más de 6, os lo puedo asegurar.

Cada vez que el apoyo de mi Piolet resbala sobre la marmórea superficie, el corazón se me sale por la garganta, como queriendo coger el oxígeno que necesita y que yo soy incapaz de proporcionarle. Levanto la cabeza y me quedo petrificado, como la superficie por la que camino:

Incrustado en el hielo, a 3 ó 4 metros de mi, un ser me observa asomando sobre el duro hielo. El gesto de su cuerpo parece indicarme la vía correcta, el camino que probablemente él no pudo encontrar.

No puedo sentir otra cosa que tristeza por alguien que, probablemente, al igual que yo, subió hasta aquí con el deseo y la ilusión de sentir las cosas que sólo aquí se sienten.

Paso a su lado, le miro de reojo. Iluso de mi, espero alguna reacción de su parte pero, ese cuerpo pertenece allí donde se encuentra. Es un trozo más de la montaña. Sigo hacia adelante.

Nos reunimos todos en un lugar que hace que el collado Sur del Everest, pueda parecer el salón de cualquiera de nuestras casas. Es un lugar arrasado por fuertes vientos a merced de una montaña de la que, ya lo sabemos, nada podemos esperar.

El campo de hielo parece no tener fin y, en medio de la ventisca, forzamos la vista con la esperanza de encontrar un lugar en el que colocar nuestras tres tiendas de campaña.

Sólo su especial instinto (no puede ser otra cosa), hace que los Sherpas den con una especie de duna de nieve en medio del hielo en la que, tras 2 horas de pelea contra el viento, montamos las tres tiendas de campaña.

Completamente vestidos, incluso con los crampones puestos, nos tiramos literálmente dentro de las tienda pera protegernos de un temporal que pugna por arrancarnos la vida.

El viento no cesa y ya ha comenzado a romper las tiendas. Está claro que nos hayamos en una situación de auténtica supervivencia.

El poco calor corporal que conseguimos generar y nuestro aliento se condensan en el interior de nuestra tienda. El viento zarandea sin cesar las telas de las tiendas desprendiendo la escarcha que se forma en su interior y cae sobre nosotros tapándonos de hielo contínuamente.

Cadiach y yo hacemos agua incesántemente con la nieve que se cuela en el interior de la tienda. Sabemos muy bien que el hornillo es aquí la vida. Oscar es un dinosaurio de la supervivencia y me lo recuerda coníinuamente. Me alegro de encontrarme aquí con él.

Amanece el día 2 de Mayo y el resol que se trasluce en el interior de la tienda, me hace creer que, aunque el viento no haya amainado lo más mínimo, el día viene claro y podremos salir de aquí.

Me visto, me coloco las petrificadas botas, a las que no he quitado los crampones…y salgo fuera de la tienda. El espectáculo que ven mis ojos es desolador:

Me siento como un naufrago en una tormenta en medio del Océano. No se ve a 2 metros de distancia y la nieve resbala en incesantes oleadas sobre la superficie helada. ¡Ábreme la puerta!, son las únicas palabras que salen de mi boca. La cremallera se abre y me tiro de cabeza dentro de mi tienda. Está claro que no podremos salir aquí. Habrá que prepararse para otro día en este lugar, sobre ésto no hay discusión posible. Nos metemos de nuevo dentro del saco, tapado de hielo y duro como el cartón, y en silencio, nos preparamos para  otro día a merced del Manaslu. La noche es terrorífica. Siento como la tienda va quedando paulatinamente enterrada en la nieve que el viento nos trae desde quién sabe donde. Enciendo continuamente la frontal, solo para constatar que seguimos ahí pero, sólo veo unos sacos tapados de hielo en cuyo interior, y a duras penas, seguimos respirando.

Amanece el día 3 de Mayo y, desde el interior de la tienda, no parece que nada haya cambiado. ¿Y si tampoco hoy podemos salir de aquí?. Es la pregunta que, seguro, todos nos estamos haciendo. Llevo 2 días metido en el interior de la tienda y, no he echo otra cosa que pensar, pensar en mi gente. Mi familia y mis amigos me quieren, de éso no me cabe ninguna duda. Esta es la única cosa clara a la que llega mi mente una vez tras otra. Espero reencontrarme con vosotros. Este es el único deseo claro al que llego una vez tras otra.

Aunque con menos intensidad, el viento sigue con su delirante carrera hacia ninguna parte. No debe explicaciones a nadie, este es su lugar.

Las nubes perecen haberse retirado por unos instantes, así que, iniciamos el descenso. Dejamos a nuestro amigo coreano en el que ya es su hogar para siempre y 13 horas después, alcanzamos el C.B.

Me introduzco dentro de mi saco de plumas escuchando el silencio de la noche. No nieva y las telas de la tienda permanecen inmóviles. Me recreo con esta situación, con el silencio, con la tranquilidad de quien nada tiene ya que temer, con el oxígeno entrando a borbotones en mis pulmones. No me da tiempo para nada más. Caigo en brazos de Morfeo como un niño.

Ruta Manaslu

Lo cierto es que pasar todo un año en tierra (sin expedición), resulta, para quienes tenemos metido el veneno de las grandes montañas en las venas, tan desquiciante como lo pueda ser quedarse sin la Champions para un jugador del Madrid o del Barcelona.

En el 2008, entre mis dos Kangchenjungas, preparaba con ilusión una expedición súper ligera al Manaslu. Oscar Cadiach y yo. Dos hombres solos ante la inmensidad de la octava maravilla del Himalaya.

Pero no siempre las cosas salen como uno quiere, máxime cuando de trasladarse a la otra punta del mundo se trata, y esa bonita aventura descarriló antes de empezar a rodar.

Dos años después, habiendo dejado zanjada mi deuda con el Kangchen, el Manaslu se vuelve a cruzar en mi camino. Y en esas estamos.

Mis compañeros de expedición son dos jóvenes amigos con los que ya he compartido tienda, sufrimiento, montañas y alguna que otra cima en el gran Himalaya que nos cautiva.

Con Tente Lagunilla escalé el Makalu en el 2005, año del 50 aniversario de la primera ascensión a la 5ª montaña del Planeta. Ambos nos quedamos con la cara de marmol al ver como mi tienda del último campo altura, volaba hacia China empujada por vientos de más 150km/h. Con el jovencísimo Carlos Soria (a sus 70 Primaveras todavía sigue siendo un referente), coincidí en el Broad Peak en 2003 pero, sobre todo, recuerdo nuestra corta conversación en el Escalón Hillary el 23 de Mayo del 2001, fecha en la que ambos nos encaramos en el techo del mundo.

Ahora habrá que entrenar un poco más duro, pero no tanto y sobre todo, esperar que Tente se recupere del todo de la avería que se hizo escalando en el mes de Octubre y que Carlos siga siendo esa persona tan especial aunque, después de 70 años no creo que opte por cambiar.

Una  nueva aventura se abre camino entre las selvas del Norte del Nepal. Caminaremos expectantes hasta que el Manaslu nos ofrezca su característica silueta y, a partir de entonces, intentaremos vivir en ella suavemente, sin ruidos, discreta y elegantemente.

Pico Manaslu

Tras unas breves incursiones Otoñales en el Pirineo, ha llegado por fin, la hora de saborear la cordillera más bonita del Mundo en todo su esplendor Invernal.

Para comenzar la temporada de esquí de travesía, Fernando y yo hemos escogido un solitario y apartado valle de la vertiente Francesa: El angosto y solitario valle de Ruisseau du Gabarderetes. En él hemos ascendido una auténtica joya: el Pico Lurien (2826m).

Apenas clareaba el día cuando comenzamos la ascensión por las empinadas cuestas de un hayedo espectacular; con unos rincones que, sino fuese porque eran hayas, se diría que estamos en Nepal. Justo al salir del bosque nos calzamos los esquís. La nieve está bastante dura, lo que hace que nos coloquemos las cuchillas inmediatamente. El valle es tan angosto que el Sol no consigue entrar en todo el día. Esto significa que la nieve no transformó en toda la jornada. Alcanzamos la cabaña de Gabarderetes y las pendientes de nieve van adquiriendo más inclinación. Al colocarnos bajo el collado que une los picos Lurien y Arrious, nos quitamos los esquís pues, la fuerte pendiente está para uso exclusivo de crampones. Llegamos a la base de un gran paredón rocoso que salvamos por un estrecho corredor, apenas tapizado por una fina y dura capa de nieve. Al salir a la arista, el fuerte viento del Norte nos deja sin palabras…pues en un minuto, ya nos ha congelado los mentones. El frío en la cumbre es lo bastante contundente como para que nos lancemos para abajo con cajas destempladas. No oculto mi preocupación al calzarme los esquís pues, la nieve sigue estando muy dura. A pesar de todo, disfrutamos de un descenso tranquilo y sin trampas en la nieve.

Ascensión solo recomendada para quienes gustan de ascensiones solitarias. El silencio, y lo agreste de este rincón del Pirineo, hacen de esta montaña una joya de exquisita belleza.

Ascendiendo al Lurien con el Midi detrás

 

Patxi en la arista cimera del Lurien

Fernando y el Midi, menuda pareja

Midi D´osso

Patxi llegando al Lurien

Pico Arrious

Muchos sois los que me habéis pedido: ¿para cuándo un nuevo vídeo en tu blog?. Bueeeeno, como decía my buen Iñigo: “que no panda el cúnico”. Ya he terminado de montar la película sobre la expedición y, Lo cierto es que ha sido un parto difícil; sobre todo teniendo en cuenta que, cuando comencé a hacerlo, no tenía ni idea de lo quería. Ahora solo queda mostrarlo al público y que sea él quien decida. Lo bueno de este asunto es que, por muy mal que lo haya hecho, no creo que reciba muy malas críticas, y os diré porqué:

Los lugares en los que se desarrolla la historia son, sencilla y llanamente, espectaculares. Y las imágenes que me he traído lo son también así pues, muy malo tendría que ser para, con tan buen material en mis manos, no hacer algo que merezca la pena. Luego está la manera de enfocar el asunto, y aquí desde luego, estoy abierto a recibir cuantos tomatazos queráis propinarme pero, incluso aquí tengo una gran ventaja pues, por mucho que os empeñéis…corro mucho más que la mayoría de vosotros.

De todas maneras, y aun sufriendo mucho por el material que he desechado, creo que es una película que merece la pena ver, no por mi sino, por la historia que cuento. Esta es una historia de sacrificio, de compromiso con el riesgo, de momentos irrepetibles en la vida de un alpinista, pero sobre todo, es una historia de amistad.

Próximamente os iré indicando los lugares y fechas en los que proyectaré la película pero, para quienes no podéis esperar, pinchar en el enlace de abajo y tendréis por lo menos, tres minutitos de una historia que duró más de dos meses. Menos da una piedra.

Patxi

http://www.youtube.com/watch?v=s7oJBY3Tm88

Lo cierto es que, hablar solo los 3500m de desnivel que separan el Glaciar Yalung de la cima del Kanchenjunga, cuando se está refiriendo a una expedición a la gran montaña Nepalí, es como cercenarla, amputarle uno o varios de los miembros que la hacen una de las montañas más especiales y espectaculares del mundo.

Porque, la ascensión al Kangchenjunga no comienza ni concluye en el Campo Base, no. Ninguna lo hace pero, esta mucho menos. ¡Cómo obviar los 12 días de marcha de aproximación que se emplean para llegar a su Campo Base!, o ¡cómo hacerlo con los 5 días, tremendos, que necesitamos para salir del Base hasta la aldea de Suketar!.

Os pongo en situación:

Descendemos del Campo Base después de haber soportado situaciones que, apunto estuvieron de trastocar incluso los atemperados nervios de Oscar. Del Base hasta Ramtse, 8 horas de tortura por el que probablemente sea, el glaciar más caótico del mundo. Esto ya nos lo sabíamos. De Ramtse hasta la cabaña de Tortong, nos volvemos a reencontrar con la vegetación. La gran masa de bosques del Noreste del Nepal nos vuelven a proteger del viento y el frío, no así de la lluvia, que nos azota sin piedad durante toda la jornada. Y, a partir de aquí, es desde donde comienza la jornada más larga, dura y espectacular, que recuerdan mis piececillos desde que tengo huso de razón.

Pasang, nuestro Shirdar, nos comenta que cree recordar un camino que utilizó hace 20 años, cuando era porteador (está claro que en la profesión de porter también se promociona) con una expedición Rusa al Kangchen. Eso si, nos advierte que es una jornada larga y, cuando un Sherpa te dice que te vas a enfrentar a una larga y dura jornada, ¡¡átate los machos!!.

Ha estado toda la noche lloviendo pero, es el Sol quien nos despierta de un profundo y reparador sueño. El agua de lluvia se evapora del tejado de madera de la cabaña de Tortong iluminada por el sol, y se une a las masas de vapor de agua que la selva comienza a liberar para, llegado el mediodía, devolverlas al fértil suelo del que nacieron. Se nota que la Primavera concluye y que la estación monzónica está ya próxima. Evitamos pasar por el alto collado que nos llevaría a Yangpudín, y nos sumergimos por el fondo del valle, pegados al río Simbua Khola. La selva es aquí carrada y espesa como un puñado de musgo. La humedad nos hace chorrear de sudor como si estuviéramos en medio de una copiosa lluvia monzónica. Hasta donde alcanza nuestra vista, todo es selva. Miles, millones de hectáreas de un bosque que brilla como recién pintado se despliega ante nuestros atónitos ojos. ¡No es posible que tengamos que salir por allí!, nos decimos incrédulos pero, Pasang sigue descendiendo así que, está claro que no hay otro camino que el que él nos marca.

Las horas se suceden una tras otra con el monótono sonido de fondo de un embravecido río que se abre paso a empentones por entre encajonados valles. Por fin, un claro en el bosque nos libera de la angustiosa presión de los árboles; ¿no queríais árboles?, ¡pues toma árboles!.

Al acercarnos al claro, penetrantes gritos de niños destacan sobre el dominante silencio de la selva. Una cabaña hecha con cañas de bambú alberga a una familia que, nos cuesta trabajo entender porqué están aquí. Seguramente, a ellos les resultará más difícil todavía comprender qué hacen tres occidentales, flacos como suelas de abadejo, barbudos y desmadejados, saliendo de una selva que, incluso a ellos, les ha detenido en este punto.

Corren los niños despavoridos pendiente arriba, como si los más de 3000m a los que nos encontramos, no fueran con ellos. La madre está escardando maíz, 4 matas desperdigadas por el claro boscoso. El padre recoge hierbas al orillo del camino. Me paro junto a él, me mira, le miro, ninguno de los dos dice nada…por fin, de su rostro arrugado surge el lenguaje universal: una sincera y bellísima sonrisa, como impropia de un rostro tan machacado por la vida, me llega al alma. Quiero hablar con  él pero no puedo, no por el infranqueable muro del idioma, no, sino porque es mudo. Llevamos unas 12h horas caminando sin encontrarnos con ni un solo alma y, la primera persona con la que topamos, va y es muda. Hay que reconocer que, cuando quiere, también el Kangchen tiene sentido del humor.

-Una danza al Sol-

Sherpaní danzando. Una vida sin estrés

EL SHERAK DEL CAMPO UNO

Uno va cumpliendo años (afortunadamente), y poco a poco va llenando la mochila con el nombre de montañas ascendidas y de otras que se quedaron sin ascender. Lo cierto es que siempre he tenido la costumbre de ir al monte con generosa mochila. No se sabe con cuanto la tendrás que llenar al final de cada expedición así que, opto por la máxima de “más vale que sobre que no que falte”. Las dimensiones de mis mochilas han ido siempre en consonancia con el bagaje del que las he llenado expedición tras expedición. Kilos y kilos de imágenes, sonidos, aromas, sensaciones y sentimientos son el equipaje con el que vuelvo siempre a casa, y si además de todo esto hay una foto de cumbre, pues eso, miel sobre hojuelas. Tengo la suerte de haber conocido muchas montañas con pasajes que, aun hoy, me siguen poniendo los pelos de punta al recordarlos. De todas esas joyas para recuerdo que abarrotan mi cabeza, voy a destacar “la escalada del Sherak del C.I” del Kangchenjunga. Pocos “Campo Uno” tienen la elegancia que posee el del Kangchen. Apenas te elevan 700m de desnivel desde el C.B. pero, cuando llega el momento de encaramarte en la cima de este gran Sherak, te llegas a sentir como uno de los buenos…, alpinistas me refiero. Y como, aunque parezca mentira, todo en estas montañas está regido por un incuestionable equilibrio, esta joya de hielo solo podía pertenecer al Kangchenjunga; la montaña más espectacular del mundo.

Pincha en el siguiente enlace y escala conmigo el gran Sherak:

 http://www.youtube.com/watch?v=JYPrXBZT3mg

Patxi

Sherak del C -

Salida del Sherak hacia el C.I

     

Desde el frío Campo III

Campo III, 7.200 metros

Vista desde el Campo III, 7.200 metros

En el interior de la tienda del Campo III, a resguardo del fuerte viento, nos sentimos satisfechos con la ascensión de los últimos dos días desde el Campo Base. A 7.200 metros es difícil desprenderse del frío, como difícil es recuperarse del cansancio tras esos 1.200 metros de desnivel que recorrimos entre ayer y hoy. Pero estamos bien de salud y de ánimo y cuando mañana alcancemos un pico de altura de 7.500, daremos por finalizado nuestro periodo de aclimatación.

 

El resto de nuestros compañeros de grupo continúa a nuestras espaldas con un par de días de diferencia, también en buenas condiciones; mientras que aquí mismo, en el Campo III, nos hemos encontrado seis tiendas de campaña de otras expediciones, entre ellas, la de Al Filo de lo Imposible. Además, hay una alpinista coreana que pretende atacar la cumbre mañana mismo. 

 

Sentimos la cima y sus cinco tesoros cada vez más cerca, pero aún nos es el momento del ataque final. El viernes volveremos al Campo Base para coger fuerzas y dormir en buenas condiciones al menos durante dos noches, porque a estas alturas se hace muy difícil descansar. Cuando nos veamos preparados y el tiempo lo permita, subiremos hasta el Campo IV, que instalaremos en torno a los 8.000 metros. Gracias a todos una vez más por seguir ahí.

 

 

(Entrada redactada a partir de una llamada telefónica de Patxi Goñi a la Oficina de Pamplona 2016, a las 12.30h de ayer, 6 de mayo) 

Hoy hace justo un mes que salí de casa con el ánimo y la determinación de ver cumplido uno de esos sueños con los que alimentamos nuestra siempre descuidada alma los montañeros.

A pesar de la gran distancia (geográfica) y el aislamiento, tengo noticias de que muchas personas, no sé el número exacto ni quiero saberlo, estáis dejando mensajes de apoyo en el blog de la expedición hacia mi persona. A algunos de vosotros ya os conozco: sois miembros de mi familia y amigos. A otros no tengo el gusto de conoceros. Lo que sí os puedo asegurar a todos es que, aquí, donde el planeta parece poner su fin, donde no hay más vida que la que un montañero le imprime al extremo paisaje, siento una gran emoción, contenida para poder escribir estas líneas, pero que luego, en la intimidad de la pequeña casita que es mi tienda del Campo Base, no contendré y dejaré que fluya tal cúal es.

Espero saber corresponder a esos mensajes de ánimo que tanto me ayudan a seguir subiendo un poquito más cada día, hasta poder alcanzar esa cumbre barrida incesantemente por los vientos del Tíbet.

Si lo consigo, parte del escaso oxígeno con el que cuento para esta empresa me habrá llegado de vosotros. No es retórica, es la pura realidad con la que un alpinista se encuentra de bruces cuando se eleva por estas montañas. Cuando todo parece extinguido en tu interior, la fuerza que te impulsa para seguir un paso más, un paso más… viene de la gente que amas. Eso es así y punto.

(Email de Patxi Goñi recibido hoy a las 9h, hora española, en la Oficina de Pamplona 2016)