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Esta mañana ha salido el sol y con él nos hemos puesto en marcha todo el grupo. El miedo a la llegada de un nuevo temporal de nieve, previsto para el lunes 18, nos ha dado el impulso final. Hemos comenzado el ataque a la cumbre del Kangchenjunga.

Asciendo en compañía de Koke Lasa y Juanjo Garra. Me encuentro cansado, porque tras alcanzar los 6.200m del Campo I, hemos tenido que cavar durante media hora hasta lograr que la tienda de campaña, que semanas atrás habíamos instalado, reapareciera de debajo de la nieve.

En breves momentos retomaremos la marcha; no hay tiempo que perder, porque ya es la una de la tarde y todavía tardaremos unas cuatro horas en llegar al Campo II, donde pasaremos la noche. Hemos cogido algo de material y comido un poco, lo suficiente para continuar adelante. Ahora más que nunca, se agradece saber que seguís todos ahí.

(Información redactada a partir de una llamada de Patxi Goñi a la Oficina de Pamplona 2016, esta mañana a las 9h, hora española)

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C.II a 6700m. Nuestra tienda es la de la izda.

C.II a 6700m. Nuestra tienda es la de la izda.

Desde que el día 7 dejáramos montado el C.III a 7200m de altitud y regresáramos al Base, el tiempo (climatológico) no ha dejado de darnos muestras de su potencial. Parece como si jugara con nuestra paciencia y con  nuestro ánimo. Nieva casi continuamente. A veces nos deja entrever, entre las nubes, la pirámide rocosa de la cumbre, espolvoreada por la nieve recién caída, como en un guiño para que no desesperemos, para que sigamos aquí, sumisos a sus caprichos, porque puede que, un día de estos, nos deje acercarnos a esa cumbre que tanto deseamos.

 

 

Como digo, está jugando con  nosotros. Intento comprenderlo; el Kangchenjunga y el gran Dios que habita en sus cinco cumbres nos observan desde su privilegiado trono, y me los imagino partiéndose de risa al vernos hacer nuestras cábalas, circunspectos nosotros: “ Mañana C.II, el otro C.III, otro más y C.IV, al otro puede que cima…”. Se nos ríen, lo sé pero, es posible que en un momento de condescendencia dejen que alguno de los que pululamos a sus pies maldiciendo tanto día de mal tiempo, pongamos en la balanza aquello que hemos venido a ofrecer de nosotros mismos, y ¡quién sabe!, sea suficiente como para dejarnos acercar nuestros agostados pulmones y ofrecer nuestros últimos y temblorosos pasos en esa cima jamás hollada.

 

Yo, sinceramente, espero estar allí cuando ese bravucón y malhumorado Dios Indú pide credenciales a puertas de esa gran cumbre. Espero estar allí por mí, por Iñigo, por la gente que me apoya, porque por eso estoy aquí mirando todos los días ese lugar donde descansa mi amigo, incapaz de ir hasta allí porque la naturaleza me ha impuesto demasiadas limitaciones como para hacerlo; uno de los grandes atractivos del alpinismo. Y si no puedo hacerlo, volveré a casa y me abrazaré a mi gente. ¡Qué gran recompensa!

(Email de Patxi Goñi recibido en la Oficina de Pamplona 2016, hoy a las 2:24h de la madrugada, hora española)

Ya lo sabía, no, mejor dicho, lo intuía. Me refiero a cómo el alpinismo de antaño, el que mamé de niño en libros de Gastón Rebufat o Chris Bonnington, se desmorona ante nosotros, sin poder sustraerse a una sociedad que, incapaz de sacar lo mejor de nosotros mismos, sólo nos cultiva, como en la fantasiosa película de Matrix.

Oscar, Julen y yo, integrados en un grupo de magníficos alpinistas que nos comprenden y apoyan, nos hemos acercado a esta montaña movidos por el magnífico reto que significa ascender al Kangchenjunga y, “sobre todo”, rendir el homenaje que Iñigo se merece.

Pero tarde o temprano tenía que suceder. Durante muchos años nos hemos mantenido al margen del  movimiento mercantilista que ahora pulula por entre estas colosales montañas. No sé si tendré la suficiente capacidad para expresar lo que quiero comunicaros, pero lo intentaré.

Cuando todo parece estar listo para el asalto definitivo a esta interminable montaña, me encuentro con que expediciones que ganan cantidades de dinero desconocidas para mí sólo por el hecho de estar aquí, me piden dinero porque alguien que ha llegado aquí antes que yo ha colocado cantidades desmesuradas de cuerda a lo largo de la montaña. Mis compañeros y yo escalamos bajo otra estrategia, otro estilo, otra filosofía que, parecen chocar radicalmente con los que “amistosamente” me piden dinero.

A pesar de lo mucho que sufrimos, echo de menos aquella solitaria montaña que cinco amigos encontramos hace dos años. Echo de menos sus desnudas paredes de hielo. Echo de menos el estilo libre y humilde con el que nos enfrentamos a aquella ascensión que, ahora se me antoja descomunal por su compromiso y dificultad.

Por el bien de convivencia entre los grupos de personas que aquí nos encontramos, pagaré. Eso sí, utilizando el menor número de metros de cuerda posible. No por soberbia, no; sino por estilo, por coherencia, por una manera de hacer montaña ya en desuso… Porque me gusta escalar montañas, no esclavizarlas.

 

Charlando en el comedor

Charlando en el comedor

La estancia en el Campo Base se alarga más de lo previsto. Llevamos cinco días aquí, refugiados en nuestras tiendas de campaña del frío y de la gran cantidad de nieve que no cesa de caer.

Aunque uno trata de no aburrirse, las horas pasan lentamente escondidos en el saco de dormir, esperando una tregua del tiempo. La inactividad nos hace pensar. Pensar en qué nos encontraremos cuando el temporal remita, porque posiblemente la nieve haya borrado nuestras huellas o cubierto los Campos I, II y III. Así que tratamos de mantener el buen ánimo, a pesar de saber que parte del trabajo realizado ha desaparecido bajo el manto blanco. 

Todas las expediciones nos hemos vuelto a reunir en el Campo Base. También los compañeros de Al Filo de lo Imposible, aunque apenas nos vemos unos con otros porque el frío nos obliga a permanecer constantemente en las tiendas y nuestras únicas “escapadas” son de éstas al comedor, y vuelta.

Las previsiones dicen que a partir del día 15 mejorará el tiempo, pero como no lo sabemos con seguridad, tampoco podemos fijar una fecha para reiniciar la marcha. De todas formas, estamos bien de salud y vuestros ánimos son un estímulo para conservar la ilusión. Hay que esperar y tener paciencia.

 (Información redactada a partir de una llamada de Patxi Goñi a la Oficina de Pamplona 2016, a las 8.20h de esta mañana, hora española)

De nuevo en el Campo Base, se agradece el descanso y la ausencia de ese viento que a 7.200 metros nos amenazaba con llevarse por delante nuestra tienda de campaña. Hemos pasado muchísimo frío durante las dos noches en el Campo III, pero estamos contentos con lo que llevamos de ascensión.

Ayer alcanzamos un punto de altura de 7.400m, dando por finalizada nuestra aclimatación. Nos encontramos bien, con mucha fuerza, así que el factor que ahora mismo más problemas puede ocasionarnos es el del tiempo, ese tiempo caprichoso e impredecible que dicta cuándo se puede o cuándo no se puede continuar.

Los próximos dos o tres días los pasaremos aquí. Hay que recuperar energía antes de volver a subir, esta vez hasta los 8.586m del Kangchen. De camino, dormiremos en el Campo II una noche, otra en el Campo III y, tras montar el Campo IV, esperaremos el momento propicio para el ataque final.

Nos llegan noticias de que la coreana de la que os hablé hizo cima ayer a las 17.30h de la tarde. Se siente feliz. Si todo va bien, nosotros hollaremos la cumbre el próximo 16 o 17. Ya queda menos.

(Información redactada a partir de una llamada de Patxi Goñi a la Oficina de Pamplona 2016, a las 12.15h de esta mañana)

Desde el frío Campo III

Campo III, 7.200 metros

Vista desde el Campo III, 7.200 metros

En el interior de la tienda del Campo III, a resguardo del fuerte viento, nos sentimos satisfechos con la ascensión de los últimos dos días desde el Campo Base. A 7.200 metros es difícil desprenderse del frío, como difícil es recuperarse del cansancio tras esos 1.200 metros de desnivel que recorrimos entre ayer y hoy. Pero estamos bien de salud y de ánimo y cuando mañana alcancemos un pico de altura de 7.500, daremos por finalizado nuestro periodo de aclimatación.

 

El resto de nuestros compañeros de grupo continúa a nuestras espaldas con un par de días de diferencia, también en buenas condiciones; mientras que aquí mismo, en el Campo III, nos hemos encontrado seis tiendas de campaña de otras expediciones, entre ellas, la de Al Filo de lo Imposible. Además, hay una alpinista coreana que pretende atacar la cumbre mañana mismo. 

 

Sentimos la cima y sus cinco tesoros cada vez más cerca, pero aún nos es el momento del ataque final. El viernes volveremos al Campo Base para coger fuerzas y dormir en buenas condiciones al menos durante dos noches, porque a estas alturas se hace muy difícil descansar. Cuando nos veamos preparados y el tiempo lo permita, subiremos hasta el Campo IV, que instalaremos en torno a los 8.000 metros. Gracias a todos una vez más por seguir ahí.

 

 

(Entrada redactada a partir de una llamada telefónica de Patxi Goñi a la Oficina de Pamplona 2016, a las 12.30h de ayer, 6 de mayo) 

Hoy hace justo un mes que salí de casa con el ánimo y la determinación de ver cumplido uno de esos sueños con los que alimentamos nuestra siempre descuidada alma los montañeros.

A pesar de la gran distancia (geográfica) y el aislamiento, tengo noticias de que muchas personas, no sé el número exacto ni quiero saberlo, estáis dejando mensajes de apoyo en el blog de la expedición hacia mi persona. A algunos de vosotros ya os conozco: sois miembros de mi familia y amigos. A otros no tengo el gusto de conoceros. Lo que sí os puedo asegurar a todos es que, aquí, donde el planeta parece poner su fin, donde no hay más vida que la que un montañero le imprime al extremo paisaje, siento una gran emoción, contenida para poder escribir estas líneas, pero que luego, en la intimidad de la pequeña casita que es mi tienda del Campo Base, no contendré y dejaré que fluya tal cúal es.

Espero saber corresponder a esos mensajes de ánimo que tanto me ayudan a seguir subiendo un poquito más cada día, hasta poder alcanzar esa cumbre barrida incesantemente por los vientos del Tíbet.

Si lo consigo, parte del escaso oxígeno con el que cuento para esta empresa me habrá llegado de vosotros. No es retórica, es la pura realidad con la que un alpinista se encuentra de bruces cuando se eleva por estas montañas. Cuando todo parece extinguido en tu interior, la fuerza que te impulsa para seguir un paso más, un paso más… viene de la gente que amas. Eso es así y punto.

(Email de Patxi Goñi recibido hoy a las 9h, hora española, en la Oficina de Pamplona 2016)

Al rebuscar en mi interior para averiguar las razones que me han traído aquí de nuevo, no puedo ocultar un extraño sentimiento de contradicción. Quisiera también ser frío y racional en mis manifestaciones pero, ¿qué quieren que les diga? No soy político, ni corredor de bolsa, ni empresario… No, soy simple y llanamente montañero; y cada vez que me acerco a una de estas colosales montañas me reafirmo más y más en ello.

Así que no sujetaré más las palabras que acuden a mi cabeza, porque aquí sólo estamos el Kangchenjunga y yo, y sólo cuento con el ánimo y apoyo de un reducido grupo de amigos, alguno de los cuales acabo de conocer, pero que ya me han dado muestras de su calidad y valía humana. Espero estar a su lado cuando el Kangchen concluya por arriba, cuando ya no quede un sólo paso más por ascender.

Ascendiendo al Campo II

Ascendiendo al Campo II

Después de dos ajetreados días en el C.B. acondicionando todo lo necesario para hacer de este un lugar habitable, ya estamos en disposición de acercarnos a la pared que inicia la gran ruta de ascenso.

Me resulta un arduo trabajo referir las innumerables diferencias que aprecio entre la expedición que viví hace dos años y la que ahora comienzo a disfrutar, así que sólo puedo decir que son dos expediciones completamente diferentes, como si de montañas diferentes se tratara.

Demasiada gente, demasiada cuerda, demasiados intereses flotando en el ambiente. No sólo me va a requerir un gran esfuerzo escalar esta interminable montaña sino, mantenerme al margen de tanto elemento “extra alpino”, por llamarlo de alguna manera.

La escasez de expediciones con las que compartir el gran trabajo que nos requirió el Kangchen en 2007 nos privó de conseguir la cumbre. Ahora, la gran cantidad de gente en ruta, enmarañándolo todo con interminables líneas de cuerda fija, puede que nos ayude a conseguir la cima pero, sería una forma de conseguirla nada acorde con la filosofía que me ha acompañado desde niño a la hora de ascender montañas, aunque estas sean las más altas de la tierra.

Sin embargo, sí que hay algo en esta expedición que, afortunadamente, se parece a mi primer intento: la calidad humana del grupo que nos hemos dado cita al pie del Kangchen. Gente de los más diversos lugares y, seguro, ideologías, estamos unidos bajo el amparo de los Dioses que moran en el Kanchen. No creo que ninguna otra cosa en este mundo sea capaz de conseguir algo así.

Montando el Campo II, a 6.700 metros.

Montando el Campo II, a 6.700 metros.

Día 29:

La montaña está bastante cambiada tras una seca estación invernal. Sin embargo, el paisaje desde los 6.700m del C.II es exactamente el mismo, calcado del que disfrutaron mis ojos en el 2007. Es más, se diría que sigo inmerso en aquella expedición si no fuera porque, al mirar a mis compañeros, veo a Koke en vez de a Oscar, a Juanjo en vez de a Julen… y un gran vacío en vez de a Iñigo.

Mis dos compañeros y yo hemos salido del C.I y, tras atravesar la lengua glaciar que desciende de la gran cascada de hielo, hemos trepado por ella como gatos (por algo hay un Lumbierino en el grupo) y en 4h 15´ nos hemos encaramado encima de uno de los cientos de Seraks que la adornan.

Comer poco, beber un poco más (nunca lo suficiente) y, después de descansar un poco, pues eso, ¡a cavar! Nos vamos relevando los tres con las palas y tras más de una hora de jadeante trabajo, ya tenemos plantada nuestra tienda V.25. “El campo II ya está montado”.

Satisfechos, nos deleitamos juntos, sin decir palabra alguna, del paisaje único que se extiende ante nuestros turbios ojos, como si parte de él nos perteneciera por el simple hecho de estar aquí. Estoy seguro de que es así. Quien sea capaz de llegar hasta aquí, derramando el suficiente sufrimiento como para estar satisfecho consigo mismo, tiene derecho a un trocito de esta inhóspita tierra.

El anochecer viene cargado de viento, como casi siempre, pero cuando todo queda sumido en la oscuridad, la calma lo acaba invadiendo todo, como preparado para que cada uno de nosotros reflexione internamente sobre la eterna pregunta que siempre nos hacen y os hacemos: ¿porqué estoy aquí?

Pero no hay tiempo para ello. Hay que beber, y mucho, y para ello no hay más remedio que deshacer continuamente nieve, en un ritual que se nos antoja agotador por lo repetitivo, pero que es la clave para poder seguir progresando en estas altitudes.

Nos despertamos, hace mucho frío. Comentamos cómo nos ha ido la noche. Parece que nuestro organismo comienza a asimilar en serio la altitud. No hay problemas de dolor de cabeza y todos nuestros órganos parecen estar en el mismo sitio (aunque alguno más olvidado que otro). Así que, tras recomponer por enésima vez las mochilas, iniciamos un rápido descenso al Base cuando el sol todavía se resiste a calentarnos.

Un corto descanso en el C.I. y nos tiramos en picado al Base cuando el sol ya nos comienza  abrasar. ¡Qué le vamos a hacer!, aquí todo es exagerado: la altitud, el frío, el calor… El sufrimiento. Todo parece estar diseñado para quienes desean vivir momentos únicos, acontecimientos que queden grabados de manera indeleble en la memoria.