Ha amanecido el día 22 y las condiciones climatológicas apenas han mejorado un poco. Para los que esperamos el sonido del motor del helicóptero subiendo por el glaciar Godwin Austen, están siendo unos días desesperantes.

Ese maldito aparato del demonio al que todos esperamos con ansiedad contenida, no acaba de aparecer.

Sumiyo continúa tendida en la tienda de campaña. La labor que Anna está realizando con ella es absolutamente encomiable. No creo que jamás se haya visto en este Campo Base hacer tanto con tan pocos medios. Incluso le ha sometido a una operación quirúrgica para estabilizar lo más posible esa espeluznante rotura pero todo, en el delicado tobillo de Sumiyo, está roto. La dificultad de estabilizar esa rotura es máxima y la evacuación se está convirtiendo en algo crítico.

Se va cubriendo el cielo de nubes y todo apunta a otro día perdido. El desánimo se está apoderando de todo el grupo.

Últimamente, todo el mundo vive en estas montañas pendiente de los dichosos aparatos tecnológicos. Ellos nos dicen, con un 100% de fiabilidad, lo que va a ocurrir: nos previenen sobre repentinos descensos de presión, sobre nevadas, sobre la dirección y velocidad del viento y… sobre esas ridículas ventanas de buen tiempo.

Pues eso, que siguiendo una de esas putas ventanas que auguraban los días 23 y 24 de Julio como idóneos para hacer cima en el Broad Peak, salieron del C.B. un buen número de personas la noche del 19 al 20.

A unos 5300m una gran avalancha les cogió en medio de la pared. El resultado, no por asimilado deja de ser más dramático, el porteador pakistaní muerto es un precio inasumible pero, contra eso, nada podemos hacer ya.

A las ocho de la mañana del día 20 de julio suenan las alarmas. La noticia de la avalancha llega al C.B.

Solo puedo referirme a mi grupo con orgullo y admiración. Anna, Óscar, Carles, Barraca  y yo ni nos miramos. Cogemos nuestros trastos y salimos pitando hacia la pared. Hay mucho revuelo, mucha gente corriendo por entre los Campos Base pero, cuando a 5200m me giro en medio de la fuerte pendiente de nieve, solo veo a mi gente ascendiendo hacia el lugar de la tragedia.

Un grupo de sherpas se halla rastreando la zona donde la avalancha ha podido dejar el cuerpo del malogrado porteador pero solo se ven restos de ropas y material desperdigados por la pendiente. La avalancha ha sido enorme y ha terminado su trayectoria en una vasta zona de grietas así que… encontrar el cuerpo se nos antoja francamente imposible.

Continuo hacia arriba. En una cuerda fija me topo con la china Luo Jin, quien desciende indemne pero en su rostro se refleja el tremendo shock vivido en la montaña.

Llego junto con Carles a 5300m de altitud. Cuatro sherpas ya tienen a Sumiyo empaquetada (envuelta en su saco y estilla). Carles y yo llegamos cuando se inician las maniobras de descenso del cuerpo. Comenzamos a bajarla.

La fuerte pendiente facilita que el cuerpo vaya descendiendo pero, al entrar en zona de rocas, todo se complica. El cuerpo queda una y otra vez atascado y exige de toda nuestra fuerza para continuar el descenso.

el grupo de cuatro Sherpas y Patxi descienden a Shumiyo

El grupo de cuatro sherpas y Patxi descendiendo a Sumiyo.

Toda la montaña tiembla bajo mis pies. Oigo gritos por toda partes. Veo correr a Carles y tres sherpas hacia el seguro de unas rocas pero, el sherpa que gobierna el descenso de Sumiyo y yo, estamos enganchados a su cuerpo. Siento la onda expansiva de la avalancha sobre mi rostro. El sherpa y yo empujamos el cuerpo de la japonesa sin contemplaciones hacia las rocas, desoyendo sus gritos de dolor que quedan eclipsados por el estruendo de la nieve que baja a una velocidad endiablada.

No dejo de mirar su rostro que refleja auténtico pánico. ¡Que pase de largo!. Es lo único que atino a pensar. ¡Cuánto va durar esto!. El río de nieve y rocas no deja de sacudir la montaña. Pienso en la gente que viene por detrás. Imagino lo peor.

Tras la avalancha…el silencio. Retiro la nieve del rostro de Sumiyo que tiembla como una hoja al viento. No hay momento para delicadezas, ya tendré tiempo de llorar cuando esté dentro de mi tienda. Empujo su cuerpo con fuerza pues, las rocas se empeñan en atascarla, como queriendo quedarse con ella. El sherpa que la desciende bajo sus piernas es un auténtico artista, salva los cambios de cuerda con una solvencia que impresiona pues, aunque finita, nuestra amiga pesa mucho colgando de la pared.

¡Más gritos!. Otra avalancha sigue el camino de las anteriores. Óscar y Barraca están es su trayectoria. Corren hacia el seguro de las rocas… Barraca no puede evitarla. Lo coge de lleno, pero el cabrón resiste el impacto agarrado a la cuerda que, en este momento, significa la vida.

Pasa el río de nieve pero… él sigue ahí, agarrado como el musgo a las rocas, agarrado a la vida como una garrapata.

Tres días han pasado de estos acontecimientos y la preocupación por nuestra amiga nos está quitando el sueño. Lo único que me consuela es que esta vez…sí. Esta vez he tenido la gran suerte de rodearme de un grupo de incalculable valor humano. Cuando todo esto pase, quedarán ellos y su recuerdo grabados en mí para siempre.

En ningún momento he visto en su rostro (y aquí el rostro dice mucho) la más mínima duda de que el Broad Peak ya no figura, ni de lejos, en ninguna de sus prioridades. Cuando regrese a casa podré decir con orgullo que, una vez, en la gran cordillera del Karakorum, Óscar, Anna, Carles y Barraca, formaron parte de mi vida.

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