Definitivamente algo extraño está ocurriendo con el clima este año. Si inusual se me antojaba ver llover en Islamabad, verlo hacer en Chilas, entra ya dentro de lo paranormal.

Chilas es el lugar habitado en donde más calor he pasado en toda mi vida. Recuerdo, hace un buen montón de años ya, cuando al tumbarme sobre la cama de un hotel de esta ciudad, las sábanas hervían al contacto con mi cuerpo empapado en sudor.
Ayer por el contrario, la tarde noche reinaba fresca y lluviosa y el sueño fue agradable y reparador. Aunque hay que reconocer que la paliza que llevaba en el cuerpo después de 15 horas metido dentro de un autobús transitando por la Karakorum Higtway, tubo su parte de culpa.
Hoy, el trayecto entre Chilas y Skardú ha sido algo más corto (unas 9 horas) y también más lluvioso.
Ahora llueve abundantemente sobre Skardú y escribo estas líneas envuelto en mi forro polar. La tarde es fresca y las montañas circundantes, sobre las que ya se aprecia una ligera nevada, se ocultan tras un espeso manto de nubes.
Pero mi cabeza todavía se encuentra un poco atareada intentando ordenar, de la forma más coherente posible, el aluvión de información que la Karakorum Higtway acaba de desplegar ante mis ojos, y que se abre paso de forma un poco atropellada.
Agua y roca. Con estos dos solos elementos, se despliega ante nuestros ojos uno de los mayores espectáculos que se dan lugar en la naturaleza: el río Indo abriéndose paso a través de las montañas del Karakorum camino del Océano.
Paredes de roca de centenares de metros de desnivel, caen cortadas a pico sobre aguas turbulentas y encrespadas, lanzando crestas de espumeante agua marrón al viento que acompaña al río en su ajetreado descenso.
Tras tomar el desvío hacia Skardú, entramos en los dominios del poderoso afluente del Indo: el río Braldo.
En apariencia, nada diferencia a estos dos ríos. Sus volúmenes de agua son tan espectaculares que uno pierde la facultad de discernir cual de los dos es el afluente. Tal vez al Braldo sea un poco más salvaje si cabe.
Pero lo que realmente me ha dejado impresionado, no tiene que ver con un asunto geológico sino, humano:
No consigo adivinar por donde son capaces de acceder a esos lugares tan verticales, a más de 100 metros sobre el río. Como si de pequeños roedores atacando una enorme bola de queso se tratara, decenas de personas excavan la roca viva sacando de las entrañas de la montaña piedras semipreciosas. Aprovechando las vetas de roca blanca que cruzan las paredes de roca, ésta sufrida gente se adentra en el interior de la montaña por pequeños agujeros en un intento de sacar del interior de la tierra lo que en exterior parece que se les está negado.
Preparémonos, una vez más, para recibir verdaderas lecciones de sacrificio de uno de los pueblos más humildes del mundo: LOS BALTÍS

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