Sabía que el Baltoro nos lo estaba reservando;  no era normal que nos permitiera subir al C.B. sin martirizarnos con su climatología extrema.

Oscar ha bajado de la cumbre y el mismo día que llega al Base nos ponemos en marcha para abajo. Tenemos muchos kilómetros de glaciar por delante y muy pocos días para recorrerlos.

Aunque madrugamos, el calor nos envuelve desde primera hora de la mañana. Voy consumiendo kilómetros de glaciar con la cabeza agachada, mientras traslado mis pensamientos hacia lugares más amables.

Glaciar Superior del Baltoro, Shagalín, Concordia, Glaciar del Baltoro…lentamente todos estos lugares míticos van quedando atrás. Llegamos a Urdukas y un nuevo impacto me detiene en seco…Al llegar al  campamento, sobre una roca blanca, hay tres platos de chapa unidos, sujetos entre si con un alambre. A los pies de cada uno de ellos, una velita todavía da  testimonio del (seguro muy emotivo) acto que sus compañeros les han ofrecido al pasar por aquí de regreso hacia sus casas.

In memorian

In memorian

 

Abel Alonso, Álvaro Paredes y  Xevi Gómez, son los nombres que figuran tallados en estos tres modestos platillos. Es imposible no bajar  la cabeza y revivir las, aunque breves, intensas experiencias que hemos compartido juntos hace escasos días.

Oscar y yo continuamos descendiendo por el Baltoro, ahora más callados de lo habitual, hasta que el calor y el cansancio hacen que nos concentremos en nuestro propio sufrimiento.

Tras 2 jornadas de 12 horas de caminata y más de 60 km de rocas y hielo, abandonamos el Glaciar del Baltoro pero ya no contamos con su protección frente al calor, así que seguimos cubriendo etapas (Huburshé, Paiju, Jolá, Ascole) totalmente triturados por el astro rey.

El descenso en todoterrenos hasta Skardú merece pasar a los anales de nuestra reciente Historia personal:

El verano está siendo especialmente riguroso en esta zona del Karakorum y los ríos y torrentes de montaña, bajan desbordados, arrasando cuanto se encuentran a su paso camino del unirse al gran río Braldo.

La “carretera” está cortada en varios puntos, bien por riadas, bien por corrimientos de los vertiginosos taludes que caen a pico sobre el embravecido río. El caso es que los lugareños que nos acompañan hasta Skardú, tienen que hacer uso de todas habilidades para poder proseguir el camino.

Las horas van cayendo como si de minutos se tratase y la noche se cierne sobre nosotros. Al girar en una curva del terreno, un ruido ensordecedor acalla el provocado por el convoy de todoterrenos: una descomunal cascada de agua que baja de la montaña ha borrado de un plumazo un buen tramo de carretera. El ruido es ensordecedor y una neblina de vapor de agua en suspensión, debido al impacto del torrente sobre el suelo, lo envuelve todo.

Cuando creemos que nuestro camino ha terminado en este punto, un cocinero, que a buen seguro tiene entre sus ancestros algún buen submarinista de aguas brabas, se introduce en el gélido torrente de agua para liberar del lecho las rocas que puedan obstaculizar el paso de los coches.

Todos asistimos alucinados a semejante alarde de inconsciencia, valentía, o instinto de supervivencia, no sé cómo llamarlo en realidad,  el caso es que, tras esos momentos de gran expectación, los camicaces que llevamos por chóferes, se lanzan con sus Toyotas sin miramientos al torrente, impactando sobre el chorro de agua que amenaza con llevárselos torrente abajo. Uno tras otro, los 6 súper todoterreno, van pasando el delicado tramo bajo los gritos y vítores de la gente, que casi consiguen acallar el estruendo del agua sobre el suelo.

Oscar me avisa de que mi petate sobresale demasiado por encima de los demás y antes de que pueda decir ni una sola palabra, una sacudida del agua sobre el coche hace que mis pertenecías salgan despedidas por el aire hacia el torrente que desciende a una velocidad endiablada al encuentro con el Braldo.

Como si alguien hubiese gritado ¡¡Hombre al agua!! alguien se tira literalmente a las negras aguas del río y recupera el petate ante mi petrificada mirada. Estas cosas solo pueden ocurrir en lugares donde viven gentes absolutamente excepcionales, de eso no me cabe ninguna duda.

Varios desbordamientos después, alguno de ellos de lodo, y llegamos a Skardú miles de horas después, con nuestros huesos absolutamente triturados.

Ahora descansamos en Skardú esperando llegar a casa a su tiempo, cosa que, si se parece en algo a la realidad, será por pura coincidencia.

Karakorum forever

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