Ya hemos completado 2 días de marcha hacia el Campo Base de los Gasherbrum y la climatología se puede decir que está siendo benévola con nosotros, esto es, hace mal tiempo, o por lo menos lo que la mayoría de la gente entiendo por mal tiempo.

Recuerdo haber sufrido como un perro en las dos ocasiones en las que he transitado por estos lares y, en ambas, a causa del calor.

La primera etapa la hemos cubierto en todoterreno desde Skardú hasta Askole, pequeña aldea situada a 3000m de altitud. El día está nublado y fuertes rachas de viento zarandean la raquítica vegetación trayendo hasta nosotros un intenso aroma a espliego.

La carretera hasta Shigar no está nada mal pero, a partir de aquí, una sucesión ininterrumpida de avalanchas de lodo y rocas debido al deshielo, la han destrozado, haciendo que nuestro conductor despliegue toda su pericia y el Toyota que conduce, haga gala de una mecánica absolutamente excepcional.

Como si hubieran sido 6 horas metidos en una batidora, así se nos han quedado los cuerpos tras esta jornada en todoterreno. La noche, salvo por una ligera llovizna, transcurre tranquila en esta aldea del Karakorum.

A las 4:30h comienza a despuntar el alba, a las 5 desayunamos y las 5:30 ya estamos en marcha rumbo al campamento de Jolá. Esta jornada es temida debido al calor hasta por los mismísimos porteadores pero, para sorpresa de todos, no solo no hace calor sino que, nos vemos obligados a abrigarnos durante todo el recorrido, algo francamente inconcebible en este lugar. Las cimas nevadas de los colosos que rodean Jolá apenas son visibles entre nubarrón y nubarrón, y no tarda en ponerse a llover.

El río Braldo es nuestro guía hacia el glaciar del Baltoro. Ascendemos entretenidos por el incesante sonido de las embravecidas aguas de este afluente del Indo, rompiendo salvaje y elevando crestas de agua marrón hacia el cielo.

Lo llevo escuchando todo el día como una banda sonora incesante pero, no me percato de ello conscientemente hasta que casi acabamos la jornada. Clonck, clonck, clonck…es un sonido que se eleva por encima del estruendo de las aguas del Braldo. Casi resulta sobrecogedor, y da clara muestra de la descomunal fuerza con la que los ríos del Himalaya moldean a su gusto y capricho nuestro planeta. Este sonido proviene de enormes rocas que, chocando entre sí en el fondo de las aguas del río, van siendo arrastradas corriente abajo hasta ser depositadas en algún lugar, a kilómetros y kilómetros de distancia de las montañas de donde fueron arrancadas.

Así llegamos hasta Jolá. Lo encuentro cambiado, un poquito más humanizado que la última vez que estuve aquí pero, queda patente también un creciente deterioro del lugar. No hay que olvidar que aquí encima, a poco más de una jornada de camino, se encuentra el glaciar del Baltoro, uno de los más extensos glaciares extrapolares de la tierra.

Mañana llegaremos al campamento de Paiju, justo en la entrada del glaciar. A partir de aquí, solo hielo y rocas, hielo y rocas…un paraíso para los alpinistas que sepan apreciar la montaña en su estado más puro.

Ibrahim, Dawa, Luojing y Oscar

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