De todos es sabido la animadversión que existe entre el agua y el vino. Separados, son un regalo de los Dioses: uno para mantenernos vivos y el otro para que esa vida sea un poquito más amable y llevadera pero, juntarlos da una mezcla explosiva. Eso debieron pensar los Dioses cuando, después de 2 días de lluvias incesantes, dentro de una Primavera-Invierno que está a punto de conseguir que nos salgan escamas, decidieron extender la gran capa de la Cofradía del Vino sobre Lumbier para no aguar la celebración del XIII Gran Capítulo de la cofradía del vino de Navarra, el día 9 de Junio.

Recibir un premio, o condecoración, o galardón… siempre es motivo de orgullo, sobre todo si ni siquiera sospechas que quien te lo va otorgar está pensando en ti. Por eso, el nombramiento de Cofrade de Honor de la Cofradía del Vino de Navarra, supuso para mí algo más que unos bonitos momentos en los que queda saciado el ego personal.

Mientras me colocaban la capa, txapela y medallón, símbolos del cofrade del vino, en el centro cívico de Lumbier, delante de mi familia, amigos y vecinos, me sentí un tipo con suerte. Ser reconocido en tu tierra y por tu gente es algo que te llena por dentro como pocas cosas; y por una razón muy sencilla que no está sujeta a intereses de ningún tipo, sino que sale de lo más profundo de ti mismo: cuando la montaña decide que ha llegado el momento de sufrir (y no nos engañemos, esos momentos llegan tarde o temprano en todas expediciones) y te toca agachar la vista y continuar ascendiendo, tu cabeza busca irremediablemente el alivio, el consuelo ante tal agresión. Es entonces cuando las imágenes de tu tierra y los rostros de tu gente acuden con la velocidad del rayo a mitigar esos amargos momentos. Tú tierra y Tú gente…no hará falta que os busque en el Gasherbrum cuando las cosas se pongan duras, sé que acudiréis a mi lado para ayudarme.

Me consta que, quien barajó mi nombre para este nombramiento fue el Ayuntamiento de Lumbier, institución que siempre ha estado a mi lado a lo largo de todos estos años apoyándome económicamente, cuando se ha podido, y moralmente, SIEMPRE.

El pañuelico de Lumbier y el medallón de la cofradía del Vino se unirán en el Campo Base del Gasherbrum I y, ¡quién sabe!, tal vez en la cumbre.

Afortunadamente el olor a brea brilló por su ausencia en la séptima edición de la marcha cicloturista “Irati Extrem”. Esto quiere decir que el calor no supuso un problema añadido al de, ya de por sí, inherente al propio recorrido de esta impresionante prueba ciclista.

El Norte de Pakistán es un lugar duro, duro de verdad, en donde apenas se encuentra otra cosa que desiertos de rocas y extensos glaciares. Allí todo está impregnado de esa belleza salvaje de lo indomesticable. Allí se comprueba, de primera mano, la verdadera dimensión del ser humano en el contexto de una geografía brutal.

Sé que, al igual que los rostros de mi gente acudirán a mi cabeza cuando el G I y yo estemos frente a frente, la tranquilizadora belleza del “Bosque de bosques” del que he disfrutado a lomos de mi bicicleta este pasado fin de semana, será un bálsamo de verdor en medio de un universo en blanco y negro.

La interminable dureza del Artaburu-Errozate o del Larrau, no consiguieron imponerse a la belleza de esos momentos mágicos, cuando los rayos del sol se filtraban entre la niebla iluminando lagos, prados y hayedos, en una explosión de color mientras ascendía el Coll de Bagargui.

Quién me iba a decir que, dos acontecimientos que nada parecen tienen en común, salvo la tierra en donde se llevan a cabo, se iban a unir para viajar juntos hasta el otro lado del mundo y ascender a mi lado por las heladas pendientes una montaña de más de 8000m.

Esto es la magia de la montaña…¡nunca dejará de sorprenderme!

Medallón de la Cofdradía del Vino

Patxi (izda.) en las rampas del Larrau

Anuncios