Me pongo en macha a las 5 de la mañana. El día viene despejado y la oscura silueta de las montañas que rodean el C.I se recorta contra un horizonte cada vez más claro.

Me gusta caminar en soledad en medio de estas montañas tan colosales así que, inicio la ascensión cuando mis compañeros todavía siguen preparándose para salir.

Hace frío y el viento ha amainado después de una noche bastante atareado con nuestra tienda. Rápidamente llego al punto más amenazante de esta montaña. Inicio la travesía de un embudo glaciar dominado, allá a lo alto, por impresionantes torreones de hielo que me observan en precario equilibrio.

La sensación de Ser microscópico e insignificante, se ve acrecentada en lugares como éste de manera muy especial. Intento abstraerme de esta situación pero, no puedo evitar alzar la mirada de vez en cuando para confirmar que, esos particulares guardianes de la montaña, siguen ahí. Quisiera pasar corriendo y abandonar la sensación de angustia que me provoca este lugar pero, mi pequeño corazoncito está todavía aclimatándose y no está para muchos alardes. Me resigno pues y continuo despacio aunque mis piernas reclaman más energía para salir cuanto antes del angosto pasadizo.

Al superar el peligroso tramo, el Manaslu me ofrece un singular premio: toda la zona alta de la gran muralla glaciar que ahora tengo sobre mi cabeza, se tiñe de colores púrpura que no tardan en alcanzar a todas las montañas circundantes. Estos colores, aunque muy frugales, me dejan inmóvil, completamente absorto disfrutando de un amanecer espectacular.

Continúo ahora por un gran paredón de hielo muy empinado que una gran avalancha barrió por completo días atrás. El sustrato de hielo que ahora ha quedado a la vista es muy compacto y me permite avanzar con rapidez.

Conforme sigo ascendiendo voy pensando en esa dualidad de sensaciones que habitúalmente provocan montañas como estas:

Hace unos minutos que caminaba aterrado bajo la mirada de miles de toneladas de hielo haciendo equilibrio sobre mi cabeza, y un minuto después, descanso inmóvil, totalmente hipnotizado con los colores que refleja el hielo en un amanecer de ensueño.

Sigo ascendiendo. La gran avalancha que días atrás barrió esta zona, se llevó por delante cientos de metros de cuerda que fijaron los Sherpas de una expedición Coreana. Esto, lejos de suponer una contrariedad, me hace por unos breves instantes, reconciliarme con el alpinismo de antaño. Asciendo únicamente con la ayuda mi piolet, crampones y el sentido de mi equilibrio.

¡Qué bien me siento en estos momentos!. Tengo la sensación de que si sigo ascendiendo, el Manaslu no me va poner ningún obstáculo, que al igual que yo a él, me respeta, y de alguna manera nos complementamos.

Estas son sensaciones que, aunque intensas, pronto es desvanecen, lo cual no hace sino incitarme a seguir buscando otras montañas en las que volverlas a sentir.

He ascendido 500 metros de pared desnuda, sintiendo cómo cada vez lo hago con menos esfuerzo. Me reúno con mis compañeros y regresamos todos juntos al C.B.

De vez en cuando me detengo y clavo mi mirada en los lugares por los que acabo de transitar hace pocas horas. Nos miramos el Manaslu y yo. Aunque haya más gente por estos lugares, se que él me reserva momentos especiales y además… le gusta que os los cuente.

Entrando en el peligroso embudo, camino del C.II

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