Por fin he visto su silueta, ya empezaba a creer que habíamos entrado por un valle equivocado.

Durante 6 días hemos caminado por un profundo y encajono cañón que parecía no tener fin, siempre remontando el curso del Budhi Gandaki, en perfecta orientación Sur – Norte.

Conforme ganamos altura, he visto el paulatino cambio que va experimentando todo a nuestro paso.

La geografía, la construcción de las pequeñas aldeas que jalonan este profundo valle, pero sobre todo, el cambio más significativo es el de los habitantes del lugar. Hinduistas en las zonas más bajas y Budistas en las más elevadas, es la tónica general de estos valles del Himalaya. Pero hoy, he vuelto a vivir otro de esos momentos mágicos:

Me hayo en la remota aldea de Sama (3400m), muy cerquita de la frontera con Tíbet, a una sola jornada del Campo Base del Manaslu. Justo encima de la aldea se encuentra Sama Gompa, un monasterio Budista auténtico, nada de reclamos comerciales para turistas. En su interior, una treintena de monjes entonan cánticos y recitan sin cesar Mantras Budistas, acompañados por toques de tambor y el estruendo de enormes trompetas.

Se puede ser creyente, o no, de esta o aquella religión pero, la carga espiritual que emana de este monasterio es algo que impregna, tanto como el aroma del Enebro que queman sin cesar en pequeños altares.

Me he acercado despacio, la puerta estaba abierta:

“Namasté”

De las durísimas facciones tibetanas de los monjes, ha surgido una amplia y brillante sonrisa blanca, lo que me ha animado a quedarme con ellos un buen rato.

Desde una estancia contigua, un largo desfile de gentes del lugar, les aprovisionan de colmados platos de arroz bañados en dalbat. Les hemos sorprendido en la hora de la comida.

Tras devorar con avidez el suculento manjar, continúan inmersos en sus oraciones que, cantan al unísono. Para mi no son sino indescifrables sonidos guturales que parecen surgir de algún recóndito lugar de su anatomía, y así, me he quedado absorto, contemplando la inconfundible silueta del Kutang (La montaña del espíritu), acompañado por una banda sonora inimitable.

Niños, jóvenes y ancianos, vestidos con raídas y ennegrecidas túnicas, se balancean al ritmo de sus salmodias. Ignoran mi presencia. Tan solo un gran Budha, que preside la estancia, parece haberse fijado en mí. Decenas de Tankas cuelgan de sus manos y cuello. Solo una palabra viene a mi cabeza, típica como ella sola, pero que aquí, en este lugar tan apartado del mundo, lo llena todo, como la bruma que ahora cubre el valle: PAZ

Patxi

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