Una de las curiosidades que siempre tengo al comienzo de cada expedición, se refiere a cuánto tiempo transcurrirá hasta pueda volver a vivir una de esas situaciones que impactan de manera tan especial, lo suficiente coma quedar grabada de manera indeleble en la memoria. Antes o después es algo que siempre acaba por ocurrir, máxime cuando una se embarca en una aventura por el Himalaya.

Pues no ha sido necesario que transcurriera mucho tiempo. Durante la noche del primer día de marcha de aproximación al Manaslu, después de la cena, todos los habitantes de Soti khola, se nos han acercando para ofrecernos un espectáculo inolvidable:

Tres niñas, encabezando todo el séquito, se han adelantado al resto y, acompañadas por unas voces privilegiadas de otras niñas, han comenzado a danzar con una gracia y elegancia de esas que es imposible aprender en una academia

Se mueven al compás de tradiciones Nepalís con una naturalidad que enamora. El espectáculo acapara toda nuestra atención. De vez en cuando, sacan a bailar a alguno de nosotros. El resultado chirría. Es como meter un elefante en una cristalería. Afortunadamente, el espontáneo, rápidamente es consciente del daño que hace al folclore tradicional Nepalí…y a nuestros sentidos, y acaba dejando el asunto en manos de las profesionales.

Las niñas se retiran al cabo de un rato y les toman el relevo tres jóvenes ataviadas con precisos vestidos tradicionales. Nos dejan a todos embelesados. Tupidas y brillantes cabelleras, negras como una noche sin luna, giran al compás de sus gráciles movimientos.

Un pequeño tambor y unos cascabeles…no necesitan más para adornar unas voces que han estado resonando en mi cabeza durante toda la noche.

No podía ni imaginar que un espectáculo tan ameno quedaría, a las pocas horas, empañado de manera tan tajante.

Salimos de Soti Khola rumbo a Macha Khola, punto final de la segunda jornada de marcha. Al atravesar el largo puente colgante que elimina un tramo especialmente peligroso del camino, algo llama poderosamente mi atención. En la mitad del puente, una niña, probablemente una de las que con tanta gracia bailaban para nosotros la pasada noche, cuelga del cuello sobre el inmenso vacío. La escena me ha dejado revuelto el estómago. Continúo sin detenerme a su lado. Un velo de llamativos colores cubre su rostro, los zapatos, perfectamente alineados, están junto ella. Su larga melena cuelga inmóvil por su espalda, hasta debajo de su cintura. Continúo en silencio un buen rato con la mirada perdida en el fondo del interminable cañón por el que transitamos. No entiendo nada, creía que estas cosas no ocurrían por aquí.

Patxi

Anuncios