Lo cierto es que, hablar solo los 3500m de desnivel que separan el Glaciar Yalung de la cima del Kanchenjunga, cuando se está refiriendo a una expedición a la gran montaña Nepalí, es como cercenarla, amputarle uno o varios de los miembros que la hacen una de las montañas más especiales y espectaculares del mundo.

Porque, la ascensión al Kangchenjunga no comienza ni concluye en el Campo Base, no. Ninguna lo hace pero, esta mucho menos. ¡Cómo obviar los 12 días de marcha de aproximación que se emplean para llegar a su Campo Base!, o ¡cómo hacerlo con los 5 días, tremendos, que necesitamos para salir del Base hasta la aldea de Suketar!.

Os pongo en situación:

Descendemos del Campo Base después de haber soportado situaciones que, apunto estuvieron de trastocar incluso los atemperados nervios de Oscar. Del Base hasta Ramtse, 8 horas de tortura por el que probablemente sea, el glaciar más caótico del mundo. Esto ya nos lo sabíamos. De Ramtse hasta la cabaña de Tortong, nos volvemos a reencontrar con la vegetación. La gran masa de bosques del Noreste del Nepal nos vuelven a proteger del viento y el frío, no así de la lluvia, que nos azota sin piedad durante toda la jornada. Y, a partir de aquí, es desde donde comienza la jornada más larga, dura y espectacular, que recuerdan mis piececillos desde que tengo huso de razón.

Pasang, nuestro Shirdar, nos comenta que cree recordar un camino que utilizó hace 20 años, cuando era porteador (está claro que en la profesión de porter también se promociona) con una expedición Rusa al Kangchen. Eso si, nos advierte que es una jornada larga y, cuando un Sherpa te dice que te vas a enfrentar a una larga y dura jornada, ¡¡átate los machos!!.

Ha estado toda la noche lloviendo pero, es el Sol quien nos despierta de un profundo y reparador sueño. El agua de lluvia se evapora del tejado de madera de la cabaña de Tortong iluminada por el sol, y se une a las masas de vapor de agua que la selva comienza a liberar para, llegado el mediodía, devolverlas al fértil suelo del que nacieron. Se nota que la Primavera concluye y que la estación monzónica está ya próxima. Evitamos pasar por el alto collado que nos llevaría a Yangpudín, y nos sumergimos por el fondo del valle, pegados al río Simbua Khola. La selva es aquí carrada y espesa como un puñado de musgo. La humedad nos hace chorrear de sudor como si estuviéramos en medio de una copiosa lluvia monzónica. Hasta donde alcanza nuestra vista, todo es selva. Miles, millones de hectáreas de un bosque que brilla como recién pintado se despliega ante nuestros atónitos ojos. ¡No es posible que tengamos que salir por allí!, nos decimos incrédulos pero, Pasang sigue descendiendo así que, está claro que no hay otro camino que el que él nos marca.

Las horas se suceden una tras otra con el monótono sonido de fondo de un embravecido río que se abre paso a empentones por entre encajonados valles. Por fin, un claro en el bosque nos libera de la angustiosa presión de los árboles; ¿no queríais árboles?, ¡pues toma árboles!.

Al acercarnos al claro, penetrantes gritos de niños destacan sobre el dominante silencio de la selva. Una cabaña hecha con cañas de bambú alberga a una familia que, nos cuesta trabajo entender porqué están aquí. Seguramente, a ellos les resultará más difícil todavía comprender qué hacen tres occidentales, flacos como suelas de abadejo, barbudos y desmadejados, saliendo de una selva que, incluso a ellos, les ha detenido en este punto.

Corren los niños despavoridos pendiente arriba, como si los más de 3000m a los que nos encontramos, no fueran con ellos. La madre está escardando maíz, 4 matas desperdigadas por el claro boscoso. El padre recoge hierbas al orillo del camino. Me paro junto a él, me mira, le miro, ninguno de los dos dice nada…por fin, de su rostro arrugado surge el lenguaje universal: una sincera y bellísima sonrisa, como impropia de un rostro tan machacado por la vida, me llega al alma. Quiero hablar con  él pero no puedo, no por el infranqueable muro del idioma, no, sino porque es mudo. Llevamos unas 12h horas caminando sin encontrarnos con ni un solo alma y, la primera persona con la que topamos, va y es muda. Hay que reconocer que, cuando quiere, también el Kangchen tiene sentido del humor.

-Una danza al Sol-

Sherpaní danzando. Una vida sin estrés

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