Hoy hace justo un mes que salí de casa con el ánimo y la determinación de ver cumplido uno de esos sueños con los que alimentamos nuestra siempre descuidada alma los montañeros.

A pesar de la gran distancia (geográfica) y el aislamiento, tengo noticias de que muchas personas, no sé el número exacto ni quiero saberlo, estáis dejando mensajes de apoyo en el blog de la expedición hacia mi persona. A algunos de vosotros ya os conozco: sois miembros de mi familia y amigos. A otros no tengo el gusto de conoceros. Lo que sí os puedo asegurar a todos es que, aquí, donde el planeta parece poner su fin, donde no hay más vida que la que un montañero le imprime al extremo paisaje, siento una gran emoción, contenida para poder escribir estas líneas, pero que luego, en la intimidad de la pequeña casita que es mi tienda del Campo Base, no contendré y dejaré que fluya tal cúal es.

Espero saber corresponder a esos mensajes de ánimo que tanto me ayudan a seguir subiendo un poquito más cada día, hasta poder alcanzar esa cumbre barrida incesantemente por los vientos del Tíbet.

Si lo consigo, parte del escaso oxígeno con el que cuento para esta empresa me habrá llegado de vosotros. No es retórica, es la pura realidad con la que un alpinista se encuentra de bruces cuando se eleva por estas montañas. Cuando todo parece extinguido en tu interior, la fuerza que te impulsa para seguir un paso más, un paso más… viene de la gente que amas. Eso es así y punto.

(Email de Patxi Goñi recibido hoy a las 9h, hora española, en la Oficina de Pamplona 2016)

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